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martes, 16 de abril de 2013

LOS OLCADES

Sobre el siglo VI a.C. Los Olcades, un pueblo indoeuropeo, se asientan sobre la zona  conquense de la Manchuela en sureste de la provincia  y limítrofe con las provincias de Albacete y Valencia. Por estas tierras pasó también Aníbal el 220 a.C. en su expedición desde Cartago Nova a Salmántica y Arbocala. La romanización total de esta zona sería sobre el año 179 a. C. por Tiberio Sempronio Graco.
El origen étnico de los olcades parece claramente indoeuropeo, aunque de los pueblos del centro, debió ser uno de los más influidos por la floreciente cultura ibérica. No olvidemos la horizontalidad de su territorio y lo fácilmente transitable del mismo.
Según el historiador Polibio ocupaban el territorio que se extiende desde el nacimiento del río Tajo hasta el nacimiento del río Guadiana.  Si nos atenemos a lo dicho por Polibio, (historiador y geógrafo griego al servicio del general romano Escipión) así como por otros historiadores latinos, en diversas referencias hechas sobre la tribu en cuestión; la provincia de Cuenca se encuentra en territorio de los Olcades; los cuales abarcaban también parte de las actuales provincias de Albacete, Valencia y Teruel.
La estructura socioeconómica y la mentalidad de estas gentes se puede caracterizar, por poseerun patrón de asentamiento   jerarquizado, marcado por la interdepencia económica entre ciudades, aldeas y castillos. Su urbanismo interior aún no respondería a una planificación consciente, pero se habría dotado de sistemas de fortificación defensivos.
Ello conduce a pensar que tendrían lugar situaciones de confrontación armada con relativa frecuencia. Se trataría de comunidades uniformes entre sí en cuanto a la estructura social y las costumbres y modos de vida cotidianos, pero con identidades políticoterritoriales diferenciadas.
Partiendo de una base económica agropecuaria de explotación intensiva, llegaron a desarrollar un alto grado de especialización artesanal (producían cerámica de muy diversos tipos, textiles, ofebrería, armamento de hierro…). Se organizaban internamente de forma jerárquica con un modelo de los denominados “jefaturas complejas” controlado por un estamento nobiliar de carácter guerrero. Hacia el s. I a. C. asumen la escritura ibérica con adaptaciones al sistema fónico celtíbero, apareciendo los primeros textos en esta lengua en las terseras de hospitalidad  halladas en algunos yacimientos.
Su población, vivía dispersa en numerosos, aunque reducidos, poblados, vici et castella, pequeñas aldeas y torres para su defensa. El carácter reducido, numeroso y estacional de estos poblados fue la causa de su frecuente desaparición a lo largo de la historia. Son poblados en llano, sitos en el sector endorreico, caracterizado por las inundaciones ocasionales y la composición salina del suelo. La superficie media de los asentamientos ronda los 581 metros cuadrados y son de carácter funcional, propio de la temporalidad de su ocupación que quizá fuera estacional. Se localizan en las zonas más fértiles y asequibles del territorio, aprovechando cursos de agua estables y manantiales, dominando un valle o paisaje abierto.
Estos pequeños asentamientos situados en terreno llano o en planicies, se encuentran en dependencia directa de un poblado de altura que centraliza el poder: Segóbriga, Valeria y otros de ubicación incierta.
Estas zonas, en las que la ganadería tendría un papel importante, contribuirían a su vez a la iberización de sus vecinos celtíberos, con los que limitaban por el norte, y de los carpetanos, por el oeste. La procedencia étnica de los olcades parece local, a juzgar por la tradición de su sustrato, pero su nombre, relacionable con el de los celtas volcos, permitiría pensar en un proceso de celtización, al menos parcial, paralelo al de la predominante iberización cultural. Pero falta documentación lingüística, por no existir escritura hasta la romanización.
Los Olcades, serranos, tenían su principal ciudad, Cartala o Althea situada, según muchos historiadores, cerca de Alconchel.
Los olcades, vestidos con áspera lana, semejaban en su aspecto, cabras salvajes. Sus curiosas costumbres asombraron a los romanos, especialmente la de utilizar los orines para lavarse el cuerpo y los dientes. Su economía prioritaria estaba basada en la agricultura, y algo de ganadería.

Las Minas de los Olcades

La totalidad del conjunto minero que configura las minas de lapis specularis se encuentra en la actual provincia de Cuenca, extendiéndose a través de sus tres regiones naturales: Sierra, Alcarria, y Mancha. El distrito minero tiene como epicentro geográfico la ciudad romana de Segóbriga, pero ésta no es ni mucho menos la única ciudad que se dedicaba al comercio y explotación del minado.
La ciudad de Ercávica en la Alcarria (Castro de Santaver, en Cañaveruelas), el enclave de Culebras en la cuenca fluvial del Guadamejud, el asentamiento de la posible Opta o Istonium romana (Cerro Alvar Fáñez, en Huete), el yacimiento del cerro de la Virgen de la Cuesta (Alconchel de la Estrella), y un gran número de otras poblaciones menores tenían relación igualmente con la explotación o el procesado posterior del espejillo, abarcando una zona minera que se desarrolla en una franja de 150 km. de largo de norte a sur y de unos 40 km. de ancho, coincidiendo con la distribución geográfica de los yesos terciarios en el área conocida como cuenca del Loranca.
En lo que respecta a las instalaciones de superficie excavadas, se ha localizado un área de trabajo donde se procesaba el espejillo y se cortaba en módulos comerciales generalmente múltiplos del pie romano, al igual que una serie de hornos-fragua, fundamentales para reparar, aguzar y fabricar todo el utillaje metálico necesario para emprender y afrontar las labores mineras.
Los restos constructivos de estas instalaciones, denotan un tipo de construcción de carácter elemental y de precaria calidad. Las edificaciones están hechas de adobe y suelos de tierra apisonada, los muros son delgados y la ausencia de restos de techumbre denota el carácter circunstancial y perecedero de las cubiertas, que posiblemente fueran de materia vegetal, y cuyos restos puedan ser las grandes manchas de cenizas halladas en la excavación.
La gran extensión de la zona minera ha hecho de esta explotación un fenómeno particular, de dimensiones más que considerables, tanto en el espacio físico que ocupa, como en el elevado número de las explotaciones mineras. Éstas, se organizan en complejos mineros que cuentan con sus correspondientes poblados y unas infraestructuras de vías de comunicación, instalaciones y servicios de apoyo que articulan la explotación.
Dentro del conjunto minero de lapis specularis pueden distinguirse, como hemos dicho, una serie de complejos mineros. Actualmente estamos procediendo a su inventario de forma sistemática, y aunque alguno de estos minados ya se conocía de antiguo, la investigación en curso ha permitido identificar nuevas minas que, con el tiempo, al haber sido tapadas por procesos erosivos, o por haber incidido en ellas trabajos agrícolas, quedaban encubiertas en el terreno, dificultando su localización.

Por otro lado, las minas de lapis specularis unen al paso de los años del fin de su actividad, unas características de mimetización y sincretismo con el paisaje actual que hacen extremadamente complicada su identificación en algunos casos.
Las antiguas escombreras se han degradado y los yesos extraídos del interior, una vez en superficie, se han disuelto y alterado, de forma que el terreno exterior apenas difiere del espacio circundante. Sin embargo, todo ello no deja de ser el camuflaje de una actividad minera que ha generado y modelado un peculiar paisaje que, bajo un manto "natural", esconde una realidad más compleja, en la que cerros y torcas, son en verdad antiguas escombreras y grandes salas mineras hundidas por gravedad y vencimiento de sus soportes, y que en muchos casos se desarrollan a lo largo de kilómetros, como testigos externos de lo que fue la explotación minera.
El inventario de los complejos mineros hasta ahora localizados supera la veintena, distribuyéndose y afectando a más de diecisiete municipios actuales conqueses, que cuentan con minados en sus términos municipales.
El material arqueológico de los poblados mineros es mayoritariamente de los siglos I y II d. C., con lo que nos encontramos con una explotación que se desarrolla en su mayor parte en época Altoimperial, donde abundan los materiales de importación itálicos y gálicos, excepcionales en su calidad y cantidad, fruto de la dinámica comercial que generó la explotación del espejillo.
En relación con el auge y la economía de la zona, las minas de lapis specularis gracias a su producción, sirvieron como revulsivo económico y de atracción para la venida de numerosos inmigrantes, tal como se ha podido comprobar mediante los hallazgos de inscripciones epigráficas en la ciudad de Segóbriga, uno de los yacimientos españoles donde es posible constatar una presencia de gentes de origen diverso y uno de los núcleos hispanorromanos más activo y cosmopolita del interior Peninsular.. 
Igualmente, la colonización itálica que se desarrolló en Hispania, potenció el proceso de urbanismo y la integración de las comunidades indígenas a la romanización,  donde la minería desempeño un papel fundamental dentro del marco de la política colonialista romana.
Estos inmigrantes itálicos afluyeron para hacerse cargo de las explotaciones y se establecieron en la zona consolidando su poder junto a las elites indígenas locales. Gracias al beneficio obtenido de las minas y a su consecuente mayor poder adquisitivo, formaron parte de la clase dirigente y, mediante su condición de privilegio, ejercieron unas magistraturas que les facilitaban de forma ambivalente el control económico del Minal y el control sociopolítico del territorio.
Por otra parte, la riqueza generada por las minas puede rastrearse en los costosos programas de edificaciones que hoy podemos ver en las ruinas de las ciudades, consecuencia principal de la intensificación de las explotaciones y del ejercicio de un evergetismo donde la edilicia y las obras públicas constituían el máximo exponente de la propaganda política.
Otra de las consecuencias directas de las explotaciones mineras sería la potenciación de otros sectores dependientes y al servicio del ámbito minero. La actividad minera precisaba una logística compleja y variada para su funcionamiento, donde las necesidades son múltiples y a gran escala.
Las minas demandaban madera para entibar, cordaje, sacos y vestimenta, carros para el transporte, animales de carga, construcciones y útiles de todo tipo, fraguas y forjas para herramientas, y cubrir las necesidades básicas de los que trabajaban en ellas entre otras muchas cosas.
Por tanto, las minas ejercieron un efecto multiplicador en la economía, sobre todo en el desarrollo mediante la inversión de sus beneficios en una potente riqueza agrícola, incentivada por la concepción romana de que la posesión de tierras y su puesta en cultivo eran símbolo de poder, prestigio y riqueza, y abonada por los ingentes capitales que la producción minera generaba.
El número de minados, pozos y galerías subterráneas de los complejos mineros de lapis specularis es impresionante, si bien la mayoría de las minas están colmatadas y cegadas. Actualmente contamos con un gran número de accesos abiertos que, en mayor o menor grado, presentan desarrollos importantes; varias llegan a los 500 metros, dos superan el kilómetro de galerías, y una de ellas en concreto (HPC-5), supera los 5 kilómetros de galerías sin haber finalizado todavía su exploración. En todas ellas nos encontramos todo un entramado laberíntico de galerías mineras de época romana y los restos de una actividad humana detenida en el tiempo en un medio subterráneo.
El área de explotación del conjunto minero de lapis specularis se sitúa en la actual provincia de Cuenca, en tierras de la antigua Celtiberia prerromana. La zona, que se incorporó a  Roma tras las campañas de Tiberio Sempronio Graco en el 179 a. C., se vió envuelta, desde entonces y hasta la paz de Augusto, en varios episodios de las guerras celtibéricas y lusitanas y, posteriormente, en las guerras civiles romanas.
Casi con seguridad, será en época de Augusto cuando las minas de lapis specularis se pusieron en explotación, ya que al parecer, sólo a partir de entonces no se darían las condiciones adecuadas que hicieran posible la puesta en labor del Minal y las posibilidades de exportación de sus recursos. Este hecho, se está confirmando arqueológicamente en las excavaciones y prospecciones llevadas a cabo, donde el material arqueológico de los poblados mineros hasta ahora arranca en época augustea, no habiendo testimonio anterior, por el momento, de otro tipo que no fuera la extracción de yeso de fragua para uso local por las comunidades preromanas de la zona.

Instrumental minero de los Olcades

El instrumental minero
A la hora de enfrentarse a la explotación del lapis specularis, el minero romano tenía un instrumental adecuado donde predominaban las herramientas metálicas. Para la puesta a punto de la herramienta contaban con fraguas y hornos a boca de mina como los documentados en excavación en el complejo minero de Osa de la Vega (Cuenca), y que permitían la fabricación de los útiles necesarios y su reparación in situ.
Las herramientas eran afiladas con piedras de arenisca que, como indicaba Plinio se afilaban con agua y aceite; el aceite proporcionaba un filo suave y el agua lo hacía más acerado. Estas areniscas, con las marcas de uso dejadas por las herramientas, son frecuentes en estas áreas mineras; se usaban tanto para afilar y aguzar cinceles  y picos, como para instrumental de corte como los serruchos.
Entre las herramientas empleadas por los mineros romanos hay serruchos, punzones, cinceles, punteros, piquetas, mazos, etc. Las huellas de impresión de las herramientas son claras en las paredes de las minas en todo momento y en ocasiones el instrumento se ha partido, quedándose incrustado en la pared y permitiendo su estudio. Así, las herramientas más utilizadas en las instalaciones de interior eran el puntero y la piqueta.
Los punteros son de cuatro aristas y tienen entre 1,5 y 2 cm de diámetro, y unos 15 cm de longitud, están bien documentados, tanto por la huella que imprime su uso en la pared como por la gran cantidad de ellos que han dejado su punta clavada en la roca. Se utiliza golpeándolo con la maza, y se usa tanto para perfilar previamente a su extracción las placas de lapis specularis, como para el avance y la progresión por las galerías mediante un sistema de percutir de arriba hacia abajo y a continuación en paralelo y en vertical, dejando una separación entre trazo y trazo de entre 4 y 10 cm., de manera que el espacio de roca comprendido entre ambos trazos salte en lascas por percusión, y de este modo desbaratar la pared sucesivamente, arrancando poco a poco el terreno y permitiendo un avance lento pero efectivo.
La oscilación de grosores entre los trazos de picada, responde a la distinta resistencia que presenta la roca, de forma que a mayor ancho de trazo la superficie a picar ofrece menos resistencia, mientras que los trazos más próximos nos indican una mayor dificultad en el laboreo.
También para progresar por la mina se utilizaban piquetas, aunque éstas últimas necesitaban de un espacio algo más amplio para poder picar y "armar el brazo", que no es sino disponer del sitio suficiente como para poder hacer el movimiento de alzar el pico y contar con un recorrido libre para poder impactar con él en la pared. Una curiosa aplicación que hemos podido ver de las piquetas es su uso en zonas arcillosas, donde los mineros utilizaban piquetas rotas y romas para atacar y vaciar los rellenos arcillosos kársticos, de esta forma avanzaban más rápido y el rendimiento en cada picada era superior, ya que con las piquetas normales, la punta afilada se incrustaría en la arcilla, sin ser efectiva la extracción.
Con estas herramientas metálicas, los mineros romanos esculpieron en el interior de la mina peldaños labrados para facilitar accesos y otras oquedades donde ensamblar poleas y tornos de uso subterráneo. Como medida de seguridad y de apoyo en el desplazamiento de los mineros por la mina, se esculpían en roca, en los pasos y descensos difíciles, una serie de agarraderos y anclajes en forma de anilla en los que se fijaban cordajes. Es de suponer que estos cordajes, junto con las sogas, esportones y cestos necesarios, así como parte de la indumentaria precisa para la explotación minera fueran de obra de espartería, máxime al situarse el conjunto minero de lapis specularis en plena estepa central del Campo Espartario. Los espartizales son habituales en las minas de espejillo, ya que esta gramínea se desarrolla perfectamente en los suelos yesíferos, de manera que todavía hoy es patente la clara relación existente entre minas de lapis specularis y presencia de plantas de esparto, de la que los mineros romanos supieron sacar provecho.
El motor económico de las minas queda determinado por el trazado viario de la zona. La red  de vías se adaptó de forma clara a la explotación de las minas, de manera que en la distribución de los complejos mineros de lapis specularis, éstos están situados en relación con las calzadas, como consecuencia de una planificación e implantación previa en la infraestructura viaria con objeto de poder explotar los recursos mineros.
Esta correspondencia entre calzadas y minas de espejillo, ya fue comentada en su día por Santiago Palomero, en su obra sobre las vías romanas de Cuenca, en la que, entre sus conclusiones finales, destaca lo evidente de la relación entre vías y la explotación de lapis specularis.
La mercancía y las comunicaciones, por tanto, se orientan preferentemente hacia la costa, buscando el mar como medio de transporte y difusión. El mineral se embarcaba en Cartagena o en los puertos y ensenadas próximos, de forma que Carthago-Nova hacia función de puerto para la comercialización por vía marítima del lapis specularis hacia otros lugares del imperio. Esto es lógico, teniendo en cuenta las documentadas relaciones comerciales que unen a las dos zonas mineras, al ser la vía hacia Cartagena la forma más rápida y directa de canalizar la producción de espejillo para desde allí exportarla. Por otro lado, Cartagena, como región minera y capital administrativa del conventus Carthaginensis, cuenta también con la experiencia, recursos y capacidad suficientes para asumir las funciones de centro distribuidor, aprovechando sus propias estructuras de comercio, almacenaje y embarque.

Organización Social de los Olcades

Su población, vivía dispersa en numerosos, aunque reducidos, poblados, vici et castella, pequeñas aldeas y torres para su defensa. El carácter reducido, numeroso y estacional de estos poblados fue la causa de su frecuente desaparición a lo largo de la historia. Son poblados en llano, sitos en el sector endorreico, caracterizado por las inundaciones ocasionales y la composición salina del suelo. La superficie media de los asentamientos ronda los 581 metros cuadrados y son de carácter funcional, propio de la temporalidad de su ocupación que quizá fuera estacional. Se localizan en las zonas más fértiles y asequibles del territorio, aprovechando cursos de agua estables y manantiales, dominando un valle o paisaje abierto.
Puesto que se dedicaban a la minería con la que extraían lapis specularis, su organización sería como las de ciudades estado dentro de la Celtiberia por el poder adquisitivo que tenían sus gentes.
Como buenos manchegos, los olcades se dedicaron  a la producción del vino.
En Segobriga  y  Valeria se sabe  que sus gentes acuñaron moneda y  además de ello era  aquel sitio donde  se hacía toda la actividad  comercial relacionada   con el mineral procedente de los yacimientos mas cercanos, es decir, de las minas cercanas del el lapis specularis.
A lo largo del siglo III a.C. desaparecen como etnia, siendo su territorio absorbido por los carpetanos.
De carácter indómito, sus guerreros llegaron a vencer a Viriato y se aliaban a los Carpetanos, que eran hermanos de raza,  para mantener varias contiendas  contra los cartagineses de Anibal.
La Segunda Edad del Hierro en la submeseta Sur vendrá marcada por la progresiva implantación de la iberización. Este período desde un punto de vista cronológico abarcará en general la segunda mitad del primer milenio. El proceso de iberización de las tierras centrales de la Meseta Sur se da a partir del siglo IV a.C.apareciendo en esta zona cerámicas ibéricas con decoración pintada monócroma y bícroma de tonos rojos y castaños.
Las excavaciones de las últimas décadas, al situarlos en zona plenamente ibera, sitúan al pueblo, supuestamente olcade, en el entorno del oppidum ibero de Ikalesken (Iniesta) que dominaría el territorio actual de la Manchuela  conquense y albaceteña y limitaría al norte con las zonas celtíberas de Valeria, Segóbriga, etc.
Las ciudades de los olcades son más bien opidums o enclaves fortificados que aprovechan el relieve del terreno, sobre todo en elevaciones naturales.
La sociedad olcade se basaba en unidades familiares y a un nivel superior en clanes, grupos más o menos numerosos compuestos de familias unidas por lazos de consanguinidad y de parentesco que les confería una vinculación afectiva variable.
Por debajo de la aristocracia y de los guerreros estaban las clases populares  como los campesinos, pastores, artesanos, alfareros, herreros y comerciantes.
En ocasiones podríamos encontrar a un régulo (reyezuelo) al mando de un conjunto de ciudades. Pero lo más frecuente era que cada ciudad tuviese su propio principe u hombre importante, rodeado de una clientela (hombres vinculados a él por un lazo de fidelidad; a esta relación se la denominaba "devotio", y suponía que los que formaban el séquito de un caudillo debían morir con él). Cada ciudad tenía, asimismo, su senado, compuesto por los más viejos y experimentados miembros de cada población. Por último, la asamblea del pueblo, formada por los guerreros, a menudo tenla un peso decisivo en la declaración de la guerra y en la elección de un caudillo».
Por  la situación que tenían los olcades, hay referencias a 320 dioses diferentes, aunque no todos de la misma importancia. Los tres principales serían: Tarannis, dios celeste de la tempestad y el trueno (gran dios de todos los pueblos indoeuropeos); Lug, dios del comercio y los artesanos, asociado con el sol; y Teutates, dios astral de la guerra. Otras divinidades eran: Endovelico, dios del Infierno y la noche, de la adivinación y de la salud, al que se representaba en forma de jabalí; Epona, protectora de los caballos; espíritus de las aguas y de las fuentes, de los árboles (especialmente el roble y la encina) y los bosques, genios protectores de los caminos y las encrucijadas; las Matres, representadas por tres mujeres, sentadas, rodeadas de frutos y niños, protectoras de la naturaleza y de la vida humana; y las Tutelas, divinidades femeninas protectoras de la familia.

No mucho antes del siglo VIII a.C. se comenzaron a introducir una serie de influjos meridionales, tal vez en relación con la creciente irradiación del foco cultural tartesico. Harán su aparición nuevos tipos de poblados, así como nuevos ritos funerarios de incineración, la introducción de la siderurgia o las cerámicas relacionarles con el área cultural surgida en torno al Bronce Final en las tierras altas limítrofes al Sistema Ibérico. 
Por lo que se conoce por la arqueología y las fuentes literarias, las tribus o Gens (nombre dado por los romanos), se dividían a su vez en familias o Gentilitas ( nombre dado por los romanos ), gobernadas por una especie de monarca, que provenían de una élite militar ( puede tratarse de diferentes grupos étnicos ). Las tribus o Gens, eran comunidades separadas de individuos que compartían unas costumbres sociales, económicas, y en muchos casos, religiosas, que hacen posible que se pueda hablar de una cultura similar. Se trataba de aldeas situadas en cerros y normalmente con elementos defensivos como empalizadas de madera, etc. Se trataba de un grupo de cabañas habitualmente con zócalo de piedra, que normalmente tenían una ordenación irregular. Allí habitaban una o varias Gentilitas, que eran una especie de grupos familiares que se han intentado emparentar con las Gens romanas o las Gene griegas, pues tienen elementos similares, como un culto a una divinidad propia de la familia, etc. Pero estas Gentilitas no son todavía muy conocidas ni comprendidas, pues hay casos en los cuales el miembro fundador de la Gentilitas no es el mismo para algunos miembros de la familia, o que a veces cuando una hija se casa toma el nombre de la Gentilitas de su marido, etc. por lo que todavía no esta muy claro el funcionamiento de dichas Gentilitas.
Entre las tribus y ciudades celtíberas existieron, según los autores antiguos, formas específicas de relacionarse entre ellas que serían:

 Hospitium

El hospitium (hospicio) o pacto de hospitalidad permitía adquirir los derechos de un grupo gentilicio a otros grupos o individuos. No se trataba de un acto de adopción; las partes actuantes contraían derechos mutuos sin que la personalidad propia se perdiera. Los contrayentes del hospitium se convertían en huéspedes (hospites) mutuos y el pacto de hospitalidad se solía acordar en un documento denominado tésera de hospitalidad. Estas téseras son láminas de metal recortado, en muchas de ellas figurando dos manos entrelazadas o la silueta de animales, que quizá tenían un significado religioso. Se supone que el hospitium, inicialmente, se acordaba en plano de igualdad, pero al surgir diferencias económicas, se iría pasando a un estado de dependencia. De entre los pactos de hospitalidad descubiertos, el más famoso es el Bronce de Luzaga, que registra un hospitium entre las ciudades de Arecoratas y Lutia, al que probablemente se sumaban las gentilitates Belaiocum y Caricon

Clientela

Las clientelas consisten en comitivas constituidas en torno a los individuos más importantes de una comunidad tribal. La relación entre estos individuos, generalmente aristócratas y sus seguidores, era una relación contractual basada en la desigualdad de riqueza y posición social de ambas partes; el jefe normalmente debía alimentación y vestido a sus seguidores, mientras que éstos le debían apoyo incondicional. Estas clientelas frecuentemente tenían un carácter militar.

Devotio

La devotio era una clase especial de clientela. Al elemento contractual de la clientela se añadía un vínculo religioso, por el cual los clientes de un jefe tenían obligación de seguirles a la batalla y de no sobrevivirle en caso de que éste muriera en combate. Tales clientes recibían el nombre de devotio y sus paralelos en la sociedad celta y germánica, soldurios y comitatus.

Por vivir en un terreno donde son muy numerosas y abundantes las minas de lapis specularis, se desconoce por completo si eran ellos mismos quienes las llevaban o eran  forasteros o quizá esclavos o tal vez fueran prisioneros de algún botín de guerra entre todas las contiendas que libraban.

Hay algunas fuentes que dicen que en las minas había gentes de todas clases, de ahí que  hubiese tantas  etnias que se iban mezclando unas con otras o quizá con los mismos elementos o miembros de la tribu  creándose así el proceso de mestizaje.

Pero al igual que  en terrenos o en tierras del los íberos vivían varias clases de gente cercanas en oppidums diferentes, así como  en la desembocadura del Segura  había poblados de íberos, de fenicios y de griegos que  levaban unas buenas relaciones sociales y económicas, es posible que, según  la diversidad de poblaciones en esta zona, el manejo de la minas y la conglomeración de poblados, que en cada uno de los oppidums encontrados viesen gentes de diferentes etnias, es decir , en cada poblado podrían vivir  gentes de diferentes estirpes o razas y de distintas  clases.

No sería justo el pensar que las minas eran llevadas solamente por esclavos, por eso suponemos que también habría gente de otros sitios que se hiciese cargo de dichas minas. Así en un rádio de 15 km a la redonda podríamos encontrar varios oppidums los cuales cada uno pertenecería a una tribu diferente ,pudiéndonos encontrar en esta zona poblados típicamente íberos, sean edetanos o contestanos, según hallazgos de  la cerámica, o bien los pueblos de carpetanos que estaban cerca de ellos cuya tradición era claramente de la cultura de Hallstad.

Creencias y Ritos de los Olcades

Puesto que eran hermanos de raza de los carpetanos, en un principio tenían que tener sus mismas costumbres y tal como iban iberizándose, progresivamente tendrían que tener los dioses o creencias de los Iberos.
La Segunda Edad del Hierro en la submeseta Sur vendrá marcada por la progresiva implantación de la iberización. Este período desde un punto de vista cronológico abarcará en general la segunda mitad del primer milenio. El proceso de iberización de las tierras centrales de la Meseta Sur se da a partir del siglo IV a.C. apareciendo en esta zona cerámicas ibéricas con decoración pintada monócroma y bícroma de tonos rojos y castaños.
Si en un principio eran de raza celta o indoeuropea, luego sobre el siglo IV a.C. llegaron a iberizarse adquiriendo la cultura de los habitantes del este, ya que eran fronterizos con ellos limitando con los Edetanos o iberos de Edeta. Eran también vecinos de los vetones, es decir, de los habitantes de la cultura de los verracos, al norte de ellos se encontraban los vacceos, por eso  no es de extrañar que también tuviesen las mismas costumbres y rituales que tenían todos los pueblos circundantes.
Para saber sus creencias o rituales tendríamos que hacer un compendio entre carpetanos, vetones e íberos y de ahí quizá saquemos algo en conclusión. Conocemos muy poco de la religión de estos pueblos. Podemos dividir el panteón indígena en tres categorías de divinidades, las cuales no son excluyentes:
  • Divinidades de carácter astral. Forman el sustrato de las religiones indoeuropeas.
  • Grandes dioses celtas. Iguales que en otras zonas de la península y fuera de ella, como en la Galia y Britania. Su Dios más importante era Lug.
  • Divinidades menores. Con un culto probablemente local, cuyo carácter parece indicar un sustrato u origen de tipo animista o totémico y que aparecen vinculadas, bien a accidentes naturales (montes, bosques, etc.) o de tipo territorial (castros, aldeas, ciudades, etc.).
  • Divinidades zoomorfas. Daban culto a animales como esfinges y otros. El culto al Toro, al igual que todos sus vecinos, tanto del interior como los de la costa  era una de sus principales creencias
  • Divinidades importadas . De los pueblos colonizadores  como griegos, fenicios y cartagineses, y de sus vecinos los íberos pudieron importar toda una serie de divinidades de carácter oriental, que al ser adoradas por sus vecinos, ellos también las podrían adorar. .

De entre los cultos astrales, los del Sol y la Luna debieron ser los más importantes entre estos pueblos.
Entre los grandes dioses celtas, el más importante parece haber sido Lug, que con la romanización fue asimilado a Mercurio. Otras divinidades importantes eran las Matres, diosas de la fecundidad, la tierra nutricia y las aguas, cuyo culto estaba extendido entre los celtas y germanos.
Los dioses con culto exclusivamente local fueron muy abundantes. Todos estos cultos locales que pudieron estar vinculados a una determinada comunidad gentilicia o a una localidad, son los más abundantemente representados.
Se desconoce, actualmente, la existencia de templos dentro de las ciudades o poblados indígenas. La norma general parece que los santuarios estuviesen fuera de las poblaciones, como los recintos naturales con graderías excavadas en la roca, localizados bajo la acrópolis de Tiermes, con un conjunto de piedras de sacrificios con pocillos y canales.
Es posible que los caudillos militares realizaran ceremonias religiosas en presencia de su ejército y que los jefes o las cabezas de linaje realizaran, en el ámbito de la ciudad o la familia, determinados cultos.
El ritual documentado arqueológicamente en los cementerios celtíberos es el de la cremación, pero al conocer solo el resultado final de este proceso, toda evidencia queda reducida al ajuar y al tratamiento de que éste fue objeto o a las estructuras funerarias con él relacionadas. Aunque el rito de la incineración fue el más extendido entre los celtíberos, las fuentes literarias, las representaciones pintadas numantinas y la ausencia de evidencias funerarias en determinadas épocas y áreas de la Celtiberia sugieren que no fue el único utilizado.
El rito funerario generalizado es el de la incineración, aunque no faltan testimonios de inhumaciones. Junto con la urna se entierran los objetos de uso corriente del difunto, destacando las armas en el caso de las tumbas de los guerreros, las cuales aparecen en ocasiones dobladas, como si se hubiese querido hacerlas "morir" con el guerrero.
Se encuentran también en las tumbas ibéricas una serie de objetos rituales: pebeteros para quemar perfumes y braserillos y jarros de bronce, posiblemente relacionados con ceremonias de purificación.
Una vez enterrada la urna y el ajuar la tumba se cerraba de muy distintas maneras y se recubría a veces con un túmulo. En tumbas monumentales aparecen varias urnas, lo cual nos hace pensar en que tuvieran un carácter familiar.
Se puede asumir el empleo de rituales tales como la descarnación o la exposición de los cadáveres, cuya practica entre las tribus celtíberas es conocida gracias a las fuentes clásicas. Tal costumbre tiene su confirmación iconográfica en dos representaciones vasculares numantinas, en una de ellas un buitre se lanza sobre un guerrero yacente, mientras que, en la otra el buitre figura posado sobre el cadáver, esta iconografía aparece reproducida en una estela de Lara de los Infantes y en la estela gigante de Zurita. Finalmente cabe referirse a las inhumaciones infantiles documentadas en el interior de los poblados, ritual característico del ámbito ibérico, al que excede y del que se conocen algunos ejemplos en el mundo celtibérico y vacceo. En la ciudad de Numancia se han localizado algunos restos humanos, no necesariamente de época celtibérica, entre los que cabe destacar un grupo de cuatro cráneos hallados en el interior de una vivienda, que han sido relacionados con el rito céltico de las cabezas-trofeo. Además las inhumaciones documentadas en una de las torres de la muralla de Bilbilis Itálica, interpretadas como sacrificios fundacionales
En cuanto al mundo de las creencias parece que otorgaban existencia al “más allá”, a la inmortalidad del espíritu y que desarrollaron una religión organizada en torno a un panteón divino de carácter astral. Los ritos funerarios más frecuentes eran la exposición del cadáver a los buitres y la incineración simple (sin preparación posterior de los restos como el caso íbero). A éstos se asociaban las libaciones,  sacrificios de animales, ofrendas y la deposición de ajuar. Es bastante probable que se realizaran banquetes funerarios como el rito ibérico y juegos en honor del difunto, en el caso de pertenecer éste a la elite guerrera.

CIUDADES DE LOS OLCADES

CIUDADES.

Son pocas las ciudades, de los olcades mencionadas por los historiadores, las que se han podido identificar, aunque los yacimientos son numerosos. Al tratarse, en su mayoría, de núcleos urbanos minúsculos, la ocupación romana provocó su desaparición potenciando o fundando, de nueva planta, ciudades que sirvieran para controlar su sistema administrativo.
Cita Ptolomeo, al menos 18 ciudades, de localización desconocida, casi todas, en la actualidad, si bien, a grandes rasgos se intenta localizarlas en grandes áreas aproximadas Egelasta (Iniesta), Caracca (Tarancón), Contrebia (Villas Viejas), Axenia (Buenache de Alarcón). La ciudad de Mantua, interpretando las coordenadas proporcionadas por los geografos griegos se ha querido ubicar en un lugar no determinado, muy amplio, entre Carrascosa, Huete y Montalbo.
Algunas de ellas pervivieron, pero otras, Contrebia, desaparecieron y no vuelven a mencionarse en la historia. Sólo se mantienen aquéllas que llegarán a ser más importantes en la zona, junto a las nuevas fundaciones: Segóbriga, Valeria.
    En resumidas cuentas podemos decir que los olcades eran como una etnia nómada, esparcida o dividida en tribus, dedicada a la ganadería, sobre todo, y que iban buscando alimento para sus animales y se establecían donde podían tanto en el centro como en el sureste de la Península.



IKALESKEN

VALERIA

LAXTA

AXENIA

CAESADA

EGELASTA

MANTUA 

CONTREBIA  CARBICA

SEGÓBRIGA

CARACCA

ALTHEA

--- Erkavika


Su ubicación exacta se desconoce aunque muchos historiadores consideran que se trata del yacimiento de el Castro de Santaver , en el término municipal de Cañaveruelas.Se nos habla poco de ella y algunas fuentes nos dicen que tras cinco días de asedio y cerco a la población, tuvieron, al final que pactar con los romanos, siendo premiada por estos por su acción en el 179 a de C, que fue cuando se destruyó o se tomó la fortaleza más importante de los olcades Althia. 
La ciudad ibero-romana de Ercavica (Cañaveruelas, Cuenca) se ubica en un cerro alargado en sentido norte-sur conocido como el Castro de Santaver, que, a modo de península, se eleva sobre la margen izquierda del río Guadiela, afluente del Tajo. El cerro, a 820 m. s. n. m., ofrece una excelente posición estratégica, con un destacado control visual sobre su entorno, situándose en sus inmediaciones el tramo de la calzada que unía Segobriga y Segontia, de gran interés pues comunicaba las ambas submesetas.
La monumentalidad y entidad de los espacios y edificios públicos de Ercávica, la singularidad de sus vías porticadas, la regularidad de su entramado urbano, el conjunto de edificios residenciales, conforman la imagen de una ciudad próspera y romanizada.
     Siempre según Osuna (1997: 171 y 184), tales construcciones, que él tiene por prerromanas, «se han hecho en una zona que fue basurero y en donde han sido hallados materiales pre y protohistóricos, así como de los siglos II-I a. C., donde abundan las cerámicas pintadas, griegas, campanienses, paredes finas y en menor proporción, aretinas, así como algún epígrafe ibérico y una gran diversidad de objetos de lo más variado», materiales de amplia cronología que, con la excepción de los supuestos productos griegos, resultan semejantes a los documentados en la Campaña de 1998, en contextos nunca anteriores a mediados del siglo I a. C.
Asimismo, la existencia de áreas arqueológicas de diferentes características y naturaleza permite ofrecer una visión de conjunto de los diversos componentes de una ciudad romana al visitante. A todo ello se suma la buena conversación de los restos arquitectónicos, como algunos alzados con alturas de más de dos metros.
 
El Foro: Complejo arquitectónico monumental, que constituía la plaza pública y el centro cívico de la ciudad, integrado por los edificios propios de un municipio: la Basílica, la Curia y otras dependencias municipales. En el lado oriental de la plaza se articula el desnivel del terreno con un espléndido Criptopórtico, mientras que en su lado occidental una serie de tabernae (locales de diverso uso), flanquean el Cardo Máximo.
Urbanismo: Se han documentado diferentes tramos de calles empedradas y porticadas (cardines y decumani), que delimitan manzanas (insulae) regulares, definiendo la trama urbana ortogonal de la ciudad. Éste constituye un ejemplo privilegiado de urbanismo romano en el centro de la Península.
     La noticia de mayor antigüedad sobre Ercavica se remonta al primer cuarto del siglo II a. C., cuando la ciudad, calificada como nobilis et potens civitas, se rindió a T. Sempronio Graco el 179 a. C. (Livio 11, 50, 1). Ptolomeo (2, 6, 57), por su parte, menciona dos ciudades con ese nombre, una entre los Celtíberos y otra entre los Vascones. Con la ciudad celtibérica se han vinculado las monedas con la leyenda en alfabeto ibérico erkavika, aceptando de forma general la ubicación de esta ceca, así como de la ciudad citada por las fuentes, en el Castro de Santaver, solar de la ciudad romana del mismo nombre, asumiendo por tanto la continuidad topográfica entre ambas entidades urbanas, sin otros argumentos que el hecho de utilizar ambas el mismo topónimo.
     La escasa entidad de los materiales aparecidos en el Castro de Santaver con cronologías anteriores a la segunda mitad del siglo I a. C., unido a la existencia de un importante yacimiento con entidad urbana a pocos kilómetros aguas arriba del Guadiela, desaconseja ubicar el núcleo celtibérico en el solar donde se levanta la ciudad romana, en la que, con la excepción de algunos raros materiales pertenecientes a la Edad de Bronce o de cerámicas celtibéricas de amplia cronología, los contextos significativos más antiguos remiten a época tardorrepublicana, hacia la segunda mitad del siglo I a. C., llegando hasta época augustea temprana.
     El desarrollo urbanístico de la ciudad comenzaría en época de Augusto, cuando debió programarse su monumentalización, de modo semejante a lo identificado en otras ciudades del entorno, como Segobriga o Valeria. Con dicho programa cabría relacionar, igualmente, la construcción de la muralla. La construcción de una obra de tal envergadura podría tener que ver, tal como se ha señalado para Segobriga, con la obtención por parte de la ciudad del estatus municipal, lo que debió de producirse durante el principado de Augusto.
     Plinio (N. h. 3, 24) proporciona información sobre el estatuto jurídico de la ciudad en fecha anterior al año 12 a. C., incluyendo a Ercavicaentre los municipios del Conventus Caesaraugustanus que denomina latini veteres, esto es, municipios de derecho latino cuyo privilegio sería anterior al otorgamiento general del ius Latii en Hispania por Vespasiano. El rango municipal de la ciudad, adscrita a la tribu Galeria, es indicado por las leyendas monetales desde las emisiones de Augusto, que se sitúan a partir de los años 17-15 a. C., (11-10a. C., según otros autores). Por su parte, la presencia de magistrados municipales (IIviri) está documentada por la epigrafía desde la época de Tiberio. Con el programa de monumentalización augustea cabe relacionar, también, la organización del conjunto foral, aunque la actividad edilicia se mantendría en época julio-claudia, momento en el que se construirían las Termas de la ciudad. La pujanza de Ercavica durante este período queda puesta de manifiesto por la numismática, ya que el municipio ercavicense fue centro emisor de moneda durante los reinados de Augusto, Tiberio y Calígula.
Tampoco deben considerarse las monedas de cecas ibéricas y celtibéricas recuperadas en el Castro de Santaver en número reducido (Gomis, 1995: 101 s.) como un argumento sobre la antigüedad de la ciudad, pudiendo ser interpretadas como una muestra de la circulación residual existente en la zona en la segunda mitad del siglo I a. C., similar a lo identificado en otras ciudades de la zona, como Segobriga (Almagro-Gorbea y Abascal, 1999: 

     Osuna (1993: 19 y 1997: 170 s.) se refiere, asimismo, a la existencia de una necrópolis, actualmente bajo las aguas del pantano de Buendía aunque su localización exacta sea desconocida, en la que en 1992 se recuperó un lote de cerámicas griegas pertenecientes a talleres del siglo V a. C. como Saint Valentin, Fat boy o áticas de barniz negro. La falta de materiales de cronología similar en el Castro de Santaver, así como el fuerte desnivel y la distancia existente entre éste y la zona donde al parecer se localizaría la necrópolis, desaconseja la vinculación entre ambos yacimientos, frente a lo sugerido por Osuna, para quien se trata de «la necrópolis de la Ercávica prerromana». Tampoco parecen aceptables otras propuestas (Burillo, 1998: 221 s.) que consideran la posibilidad de que dicha necrópolis pudiera depender de otro núcleo prerromano próximo, interpretado como la Ercavica indígena, dada la excesiva distancia, como se verá a continuación, existente entre ambos.
     La existencia de un importante yacimiento prerromano con entidad urbana a sólo 6 km. aguas arriba del Guadiela, en el término municipal de Alcocer (Guadalajara) ya había sido advertida en diferentes ocasiones (Bendala et alii, 1987: 132; Fuentes, 1993: 173 s.; Burillo, 1998: 232). El lugar, conocido como La Muela (Alcocer, Guadalajara), se localiza en la margen derecha del río, ocupando una extensa península amesetada, de superficie prácticamente llana, ligeramente basculada hacia el sureste, con una superficie de unas 37 ha. Presenta marcados desniveles hacia el río, situado al sur, destacando apenas del terreno hacia el norte (figs. 1 y 2). Su proximidad a la Ercavica romana, en la margen contraria, permite sugerir su identificación con la ciudad indígena epónima.
  Tal ubicación responde a lo que Burillo (1998: 258 ss.) ha denominado «ciudades de llano», en las que las cualidades defensivas del terreno no priman al elegir el emplazamiento. Dichas ciudades surgen en el Valle Medio del Ebro con posterioridad a las Guerras Celtibéricas, teniendo como ejemplos de las mismas, la Bilbilis celtibérica, en Valdeherrera
 Referencias a la ciudad:
-Las fuentes antiguas:
La noticia más antigua conocida sobre la ciudad de Ercavica la proporciona Tito Livio, en relación con la conquista romana del siglo II a. C., al referirse a la campaña de Tiberio Sempronio Graco en el 179 a. C., indicando que éste se dirigió a Ercavica, nobilis et potens ciuitas, que tras cinco días de resistencia se rindió los romanos, temiendo lo sucedido a otros pueblos vecinos. No obstante, tras la retirada de las tropas romanas, los de Ercavica se sublevaron, siendo finalmente derrotados por Graco en una gran batalla librada contra las ciudades celtibéricas, cerca del Mons Chaunus.
Las restantes noticias de las fuentes literarias se refieren ya a la ciudad romana, señalando Plinio su adscripción jurídica al Conuentus Caesaraugustano, y apuntando Ptolomeo la existencia de dos ciudades de nombre Ercavica, una entre los Celtíberos y otra entre los Vascones.

-La numismática: Se conocen sólo unas treinta monedas, sin procedencia, con la leyenda en alfabeto ibérico erkavika, pero sus características metrológicas y estilísticas lleva a reconocerla como ceca celtibérica. Se acepta la existencia de dos emisiones monetales en bronce, habiendo diferencias entre los autores en su atribución cronológica, ya que unos sitúan estas emisiones en la segunda mitad del siglo II a. C. y otros las llevan a mediados del siglo I a. C. Las monedas de cecas ibéricas y celtibéricas recuperadas en el Castro de Santaver, en número reducido, no ofrecen un argumento contundente sobre la antigüedad de la ciudad, ya que pueden ser interpretadas como una muestra de la circulación residual existente en la zona, en la segunda mitad del siglo I a. C., similar a lo identificado en otras ciudades próximas, como Segobriga.
No obstante, sí parece aceptada la identificación de la ciudad, citada por Livio, con la ceca celtibérica de erkavika, pero no tanto su localización, ya que aunque se suele considerar como más probable su reducción al Castro de Santaver, otros autores creen que la ciudad debe buscarse en la margen derecha del Ebro, identificando la población vascona, mencionada por Ptolomeo, con la citada por Livio y con la ceca indígena.



--- Kelin


El yacimiento de Los Villares, identificado como la antigua ciudad ibérica de Kelin a partir de los estudios numismáticos, se encuentra en el término municipal de Caudete de las Fuentes (Valencia) y tiene una extensión aproximada de 10 hectáreas. Se sitúa cerca del nacimiento del río Madre, en una loma que se eleva 800 m.s.n.m., destacando sobre el llano circundante. El carácter estratégico de su ubicación viene marcado por su proximidad a dos vías de comunicación que permitían el contacto entre el litoral mediterráneo y la meseta interior, de Este a Oeste, y entre Aragón y la Alta Andalucía, de Norte a Sur.
La población que se instala, a principios del siglo VII  a.C., en el cerro de Los Villares tiene una cultura material característica de un Bronce Final avanzado que recibe de forma casi inmediata productos procedentes de la costa.
Hasta inicios del VI a.C. existe una secuencia ininterrumpida de fases constructivas y remodelaciones de los espacios habitados y de circulación que apenas se intuyeron en las publicaciones anteriores (Mata, 1991, 24; Mata et alii, 1999).
Las viviendas son alargadas, separadas en algunos casos por estrechos pasillos, sin apenas divisiones internas y con un hogar circular, plano o en cubeta. Las paredes son de adobe sobre un zócalo de dos hiladas de piedras pequeñas.

Los olcades de Kelin se cree que eran de etnia o estirpe celta, pero con costumbres íberas ya fueran edetanas o contestanas, es decir, procedían de la cultura de la Tene asentados cerca de la Comunidad Valenciana. Así  vemos que eran fronterizos con la Edetanía o Contestanía. Son más bien lo que llamamos Celtíberos, ya que eran como hemos dicho pertenecían a las antiguas oleadas de pobladores llegados a la península que posteriormente adquirieron la cultura de los íberos.
Alcanzó su máximo esplendor en torno a los siglos IV-III a. C., llegando a convertirse en capital de un amplio territorio ibero que superaba los actuales límites administrativos de la comarca de Requena-Utiel. Como lugar central, Kelin estructuró su territorio mediante una red de asentamientos interdependientes con funciones diversas y complementarias, tanto defensivas como productivas.
El poblado tan sólo conserva posibles tramos de muralla o de muro perimetral en su lado oeste y todavía no ha sido localizada su necrópolis. Por otro lado, tal y como era práctica habitual entre los iberos, se han hallado algunos enterramientos infantiles en el interior de las casas, normalmente bajo pavimentos y/o muros.
Se conoce su existencia desde mitad del siglo XVIII, aunque no fue hasta mediados del siglo XX cuando comenzaron las excavaciones arqueológicas. En él se han realizado, entre 1956 y 2002, 23 campañas centradas en una superficie de unos 1000 m2, en los que se ha podido constatar una dilatada cronología. La loma de Los Villares se ocupa ininterrumpidamente desde inicios de la Edad del Hierro (aproximadamente en el 680 a. C.) hasta época iberorromana (75 a. C.), ofreciendo una horquilla cronológica excepcional en el registro arqueológico valenciano.

Su larga ocupación permite ver la evolución de su estructuración interna y su arquitectura. En los niveles fundacionales del siglo VII a. C. se observa un urbanismo incipiente, con habitaciones rectangulares sin divisiones internas separadas por estrechos pasillos. En el Ibérico Pleno (siglo IV-III a. C.), por contra, el poblado se caracteriza por presentar un urbanismo mucho más complejo, lo que se traduce en calles anchas que permiten el tránsito de carros. Éstas se entrecruzan formando un plano ortogonal con manzanas constituidas por grandes viviendas, de entre 80-100 m2. Su espacio interior aparece dividido en varias estancias, algunas de ellas con una funcionalidad específica. La habitación principal de las viviendas se dedica a múltiples labores (cocina, descanso, etc.), puesto que es donde se encuentra el hogar central, mientras que los departamentos más alejados de las puertas actúan como almacenes y/o despensas. Una de las viviendas ha sido interpretada como la casa de un rico comerciante, ya que cuenta con una bodega donde se han documentado más de 70 ánforas fragmentadas. En toda la casa hay un total de 98 recipientes grandes, entre ánforas y tinajas, lo que permitiría el almacenaje de unos 7.460 litros. Además, también cuenta con un pequeño taller de forja, así como otro tipo de bienes que denotan su elevado estatus (una pulsera de plata, cerámicas de importación, etc.).



El hallazgo, en 1979, de una copa jonia sirvió para identificar y datar el primer lote cerámico indígena del siglo VI; en cambio, el espacio donde se encontraron apenas aportó información al estar muy incompleto. Estos materiales ya se han publicado con anterioridad por lo que no se van a tratar con detalle pero, por su interés, se recogen aquí algunas de las piezas a torno por ser las más significativas del siglo VI: dos tinajas pintadas, una de ellas con hombro carenado como las ánforas, un plato gris y una urna de orejetas también en gris.
Los materiales encontrados son, sobre todo, cerámicos, aunque también hay una varilla de hierro y un fragmento de molino barquiforme.
Kelin acuña moneda propia durante un corto periodo de tiempo entre la segunda mitad del siglo II y comienzos del I a. C. Las monedas, ases y semis, son de bronce y formarían parte de una emisión muy limitada, destinada a usos locales y cotidianos.

 

Asociados a cerámicas del siglo VI, hay dos hogares  formalmente distintos a los datados en el siglo VII que en Los Villares son siempre circulares.
En el siglo V ya han desaparecido las importaciones fenicias y todavía no han llegado masivamente las púnicas y griegas, de ahí alguna de las dificultades existentes para aislar ajuares y niveles de esta  cronología.
 
Las aproximaciones al cómputo demográfico apuntan a que el poblado, durante esta fase, pudo contar con una población de entre 3.800 - 4.000 habitantes. La vida del mismo parece llegar a su fin de forma violenta en torno al 80-75 a. C., tal y como se deduce del estudio de las importaciones y la numismática. Se ha planteado la posibilidad de que Kelin tomara partido en la guerra civil que sufrió la República romana durante esos años.
El material recuperado es, ante todo, cerámica a torno de clase A –oxidante y reductora- y B, junto a un pequeño porcentaje de cerámica a mano; entre las importaciones hay un fragmento de cerámica ática y otro de ánfora fenicia; los objetos de hierro tienen una presencia mayor que en el siglo anterior.
Los asentamientos son de nueva planta y buscan nuevos emplazamientos, más cercanos a las tierras de cultivo.
Excepto dos de ellos, todos se sitúan en elevaciones más o menos destacadas y son de tamaño medio o pequeño
(< 4 ha). El único lugar parangonable a Kelin por tamaño, volumen y calidad de los materiales es Requena, pero dado el estado actual de la información no se puede decir mucho más al respecto. En consecuencia, se puede afirmar con rotundidad que el asentamiento mayor era Los Villares, donde los materiales y construcciones de esta cronología se han localizado en diversos puntos de su superficie (Mata, 1991, cuadro 1 y lám. I; Mata et alii, 2001 a, 83 y b, 319), manteniendo las dudas razonables sobre Requena.
Las ánforas fenicias llegan a casi todos estos lugares, pero en Los Villares, además, se encuentran tinajas, trípodes, barniz rojo, así como algunas imitaciones a mano y a torno; en Requena, hoy por hoy, falta el barniz rojo. Es decir, se aprecia una distribución selectiva de productos desde los centros mayores: Requena es el lugar más próximo a la vía de comunicación desde la costa, por lo que el control de la misma le permite conseguir productos variados; Los Villares es el destino principal de estos productos exóticos; los demás asentamientos, situados al Norte y al Oeste de Los Villares, reciben vino fenicio como forma de mantener fidelidades y asegurar una explotación adecuada de las nuevas tierras.
El gran salto poblacional se produce a lo largo del siglo VI contabilizándose 39 asentamientos de esta cronología.
La mayoría se ubican en el llano o sobre ligeras elevaciones y se configuran como lugares abiertos, con escasa
densidad de material. Esto ha llevado a interpretarlos como hábitats, con poca población, dedicados a actividades agrícolas que, en algún caso, pudieron tener carácter estacional.
Es, en este momento, cuando en Los Villares/ Kelin se producen las primeras transformaciones significativas
en la organización interna del asentamiento, cuando llegan las primeras cerámicas griegas y los objetos de hierro son más numerosos. En cuanto a la agricultura, el registro carpológico muestra una mayor presencia de semillas de vitis, lo que significa que el cultivo de la vid se va consolidando.
No es descabellado pensar que la fundación de nuevos asentamientos se dirigió desde Kelin con el fin de ocupar nuevas tierras para el cultivo, obtener recursos minerales y, con los lugares en alto, poner las primeras bases de control del territorio. Las manifestaciones religiosas de carácter territorial quedan plasmadas en la frecuentación de la cueva del Puntal del Horno Ciego (Martí Bonafé, 1990).
Su destrucción podría ser consecuencia del correctivo que Roma aplicó a aquellas ciudades iberas que apoyaron al bando derrotado, el sertoriano.