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domingo, 14 de abril de 2013

LOS PELENDONES

PELENDONIA Y LOS PELENDONES

En los siglos XIII y XII a.C. s producen grandes oleadas de emigración total hacia la Península Ibérica procedentes de centro Europa.
Para la entrada de los pelendones, aunque es posible que viniesen en varias oleadas de gente, se ha propuesto que llegaron en dos ciclos migratorios de grandes consideraciones.

El primero se habría producido hacia el siglo IX-VIII A.C., bajo la llamada Cultura Hallstática, o de "campos de urnas", y un segundo aporte en torno al VI-V A.C., con características culturales de La Tène, aunque hay autores que señalan que esta aportación cultural fue escasa debido a cierto aislamiento de los celtas peninsulares con relación a los del resto de Europa.
"Los Pelendones eran, según Ptolomeo, los habitantes que ocupaban el valle alto de los ríos Duero y Arlanza hasta las peñas de Cervera en los siglos precedentes a la llegada de los romanos. Su tierra era conocida como PELENDONIA.
Tres eran su principales ciudades: Savia, Visontium y Augustobriga.
Fueron los pelendones un pueblo de ascendencia Celta. Habitaron en elevaciones amuralladas denominadas Castros. Bravos guerreros y hombres de honor según los romanos.
De lo que más tarde sería considerado Celtiberia, los PELENDONES fueron el primer grupo tribal en llegar a la Península. Se cifra la llegada de los pelendones a nuestras tierras en torno a los  siglos VIII-VII A.C., atravesando el paso de Roncesvalles, desde Aquitania. Los pelendones que, de acuerdo a la idea general sobre los celtíberos, tenían una estructura patriarcal y tribal -que a veces se interpreta como "matrilineal" debido a la consideración social de la mujer en igualdad con el hombre, como procreadora y eje de la actividad cotidiana-, llegaron organizados en clanes, independientes pero coordinados. Su interrelación era notable. Regidos por  consejos de ancianos, llegaron a expandirse sin perder la conexión, controlando en cortas distancias espacios comunales desde asentamientos de tipo familiar.
  De cualquier forma, los recién llegados respondían a un origen geográfico común, y a unas características culturales y lingüísticas similares, subdivididos en múltiples ramas y tribus. A este grupo étnico los conocemos como "keltoi", "gálatas", o  “celtas”.

Organización social de los Pelendones

Los datos arqueológicos parecen indicar  que esta región de celtas con cultura de  Hallstad, procedentes de Centroeuropa estaban muy influenciados por los íberos con los que mantenían buenas relaciones sociales y comerciales, de ahí que se llamasen celtíberos.
Los escritores antiguos grecoromanos son quienes nos dan a conocer la existencia de ellos como un grupo bien diferenciado de las gentes del resto de la Península, hablándonos de sus costumbres, de su organización y de sus tradiciones.
Bosch Gimpera nos dice que la llegada y la  fusión de los celtas con la gente autóctona en el siglo VI a. C. es lo que produjo la población mixta de los celtíberos, excepto los pelendones que llegaron mucho antes.
Varios autores modernos  nos dicen que la formación de los celtiberos fue como una fusión étnica y cultural que se realiza en el siglo IV y comienzos del III, bien porque los celtas avanzasen hacia el Mediterráneo  o bien por un desbordamiento hacia el interior de los pueblos ibéricos del este.
Otra teoría  tanto antigua como moderna sobre los celtíberos es que llamaban así a los celtas que vivían en Iberia fueran dela primera, la segunda o las diversas oleadas que se produjeron.
 Los PELENDONES (también nombrados como Cerindones en algunos textos) llegaron, de acuerdo con esto, hacia el siglo VIII-VII A.C., con el primer gran movimiento y se instalan en las zonas norteñas del Sistema Ibérico precedidos por los beribraces (o bebriaces en la Galia, quizás emparentados) que lo harían desde el Levante hasta el límite con la Meseta.
 Procedentes al parecer de la zona belga (o Bajo Rhin), eran un pueblo eminentemente ganadero, en menor medida agrícola, con un gran conocimiento sobre la metalurgia, especialmente del bronce, pues la elaboración y el trabajo del hierro era incipiente en este momento y se desarrollaría plenamente hacia el s.IV A.C. Son notables armeros y duchos en el arte de la guerra que marcaba, como en el resto de los que luego serían denominados celtíberos, su idiosincrasia de autoprotección y defensa.
 Por tanto los  Pelendones como vivían en Iberia y eran de estirpe celta se les llamaba celtíberos.
Hagamos una delimitación de sus límites o fronteras, según el mapa que presentamos.
Limitan al norte con Turmogos, berones, vascones y suesetanos, al sur y suroeste con los vacceos y más al sur los vetones, también más al sur están los carpetanos y los olcades, al sureste se encuentran los lobetanos y en el este los lobetanos y más al este lestán los sedetanos, que eran  un pueblo indoeuropeo, de base hallstática centroeuropea los cuales poseían una cultura totalmente ibérica o íbera..emparentado con los ilercavones, ilergetes y edetanos,
Por lo que podemos observar había mezcolanza de razas o de pueblos y  con la cultura de  los castros intercambiándose gente para el pastoreo y para los trabajos agrícolas y uniones matrimoniales iban adquiriendo un proceso de iberización, que es lo que llamamos celtíberos.
En este apartado lo que verdaderamente nos interesa es el tema de los Pelendones celtibéricos o celtíberos.

Organización social

Las gentes celtas o indoeuropeas  se trasladaban en caravanas formadas por tropeles de familias, rebaños, enseres y animales diversos. El conflicto encontraba solución unas veces por las armas, otras por acuerdos de paso libre, instalaciones provisionales o definitivas, cesión de pastos, alojamientos, etc. Desde luego, la ribera derecha del Garona queda en poder celta. Algunos grupos introducidos por Roncesvalles llegan a la Vardulia ocupando la región de Villarcayo donde construyen la fortaleza denominada Segontia Paramica (Sigüenza del Páramo) para defenderse de los coniscos desalojados de esas tierras y obligados a establecerse junto al mar. Ciertos elementos y grupos sueltos logran establecerse en tierra cántabra y várdula del interior mezclándose con los naturales.
Como en todos los pueblos celtas, lospelendones también tenían su organización social
Había aldeanos o pueblerinos que eran los encargados de recolectar las frutas y todo aquello que el campo les proporcionase y los que se encargaban de custodiar el ganado.
En segundo lugar estaban los guerreros que eran nobles y poseían grandes extensiones de tierra y tenían numerosos caballos.
Si la caballería estaba integrada principalmente por miembros de la aristocracia, la infantería estaría compuesta por los miembros de las clases menos favorecidas.
A estas dos hay que sumar los soldurios, cuya profesión es participar en vida de todos aquellos bienes de aquellos a cuya amistad se han consagrado, pero si a estos les sucede alguna desgracia, o la han de sufrir junto con ellos o han de darse muerte; y aún no se sabe de ninguno que, muerto aquel a cuya amistad se había consagrado, haya rehusado morir
Estos soldurios que aparecen vinculados a Adiatunnus contarían con el favor y protección de aquel a quien se habían consagrado en tiempo de paz mientras que en la guerra supondrían su mayor protección y fuerza, sin olvidar el prestigio que revestía el contar con un buen número de devotos.
Por último tenemos a los Druidas que eran los encargados de realizar predicciones, curar enfermedades,  negociadores con los pueblos vecinos y eran los encargados de predecir el tiempo y el futuro.
   Todo guerrero y aldeano en el poblado tenía un jefe que bien podía ser hombre o mujer y que no ejercía un poder absoluto pues los jefes siempre se guiaban de los consejos y exigencias que hacían indirectamente los druidas a los que todos tenían un gran respeto y afecto. Incluso el mismo jefe era elegido por el consejo de la tribu, constituido por druidas.
    En situaciones excepcionales, como en el caso de alianzas de varias tribus frente a un enemigo superior, el consejo podía estar formado por una asamblea de varias tribus. En ese caso por encima de los jefes de tribu había un jefe común al que llamaban "rey supremo"; pero estas situaciones solo se daban en los último años del esplendor celta.

sábado, 13 de abril de 2013

LOS CASTROS SORIANOS

Sobre el siglo VI hasta  el  IV a.C. llegan a  la Península las invasiones indoeuropeas de gente procedentes de La Galia Belga, en este caso los pelendones.
Durante los comienzos de la Edad del Hierro, encontramos algunas manifestaciones de estos crecientes contactos, como la estatua menhir de Villar del Ala, que paulatinamente van siendo más intensos, llegando principalmente desde el otro lado del Sistema Ibérico, documentado a través de diferentes tipos cerámicos (como los de decoración excisa), asociado a grupos navarro-riojanos-alaveses que en su transterminancia ganadera entran en contacto con estas poblaciones estimulando una trasformación que tendrá como resultado el asentamiento en un territorio fijo. Tradicionalmente este proceso se vio asociado con invasiones “célticas”, es decir a la expansión de los grupos que se incineran en campos de urnas, como los que encontramos ya desde el siglo VII a.C en la llanura aluvial soriana, aunque hoy en día se acepta más la difusión de ideas y modelos sociales que son asimilados por las comunidades locales.
De esta manera, a finales del siglo VII a.C., encontramos los primeros ejemplos de una nueva forma de ocupación del entorno, fija en un territorio, como en Fuensaúco y El Solejón (Hinojosa del Campo), los cuales buscan los cerros elevados con buena comunicación, construyendo viviendas, cabañas circulares, realizadas con materiales efímeros, ramas y barro.
Estas gentes se reúnen en castros o fortificaciones amuralladas típicas de la Edad del Hierro.
Entre ellos establecen la hospitalidad y el aprovechamiento mutuo y conjunto de los terrenos agrícolas parla producción de cereales y la cabaña ganadera.
Normalmente todos los castros son emporios rodeados y protegidos por murallas, los cuales si eran de una tribu u otra iban siendo invadidos, o tal vez por el pacto de hospitum había varias etnias en cada castro o más bien, en cada castro cercano a otro habían etnias de diferentes clases tal como ocurría en el muncdo ibérico, donde convivían todas ellas en poco espacio.

Creencias y Ritos de los Pelendones

Su modo de vivir, violento y arriesgado, siempre enzarzados en luchas, ofensivas o defensivas, les obligaba a pensar en la muerte cotidianamente. Por otra parte, creían ciegamente en la inmortalidad del alma. Y como tantos otros pueblos primitivos, pensaban que la vida ultraterrena era análoga a la de este mundo. Imaginaban que el alma del difunto se vería sometida a todas las necesidades, deseos y pasiones que la habían zarandeado envida. Por esta causa, cuando moría una persona, sus familiares colocaban en su tumba, junto al cuerpo yerto, todo aquello que iba a necesitar en el viaje hacia el más allá: alimentos colocados en vasijas, jarros conteniendo el vino preferido del difunto, armas para defenderse contra los enemigos que pudieran salirle al paso, ropas para protegerle del frío, así como joyas y adornos para que, al comparecer ante los dioses, presentara un aspecto satisfactorio, en concordancia con sus méritos y su posición social.
Las gentes anónimas y modestas eran sepultadas de la manera indicada, pero sin grandes ceremonias. Pero los jefes militares, los reyes o caudillos y los grandes personajes, eran con frecuencia enterrados con sus caballos y sus perros favoritos, y hasta con su carro de guerra. Para ello se cavaba una profunda zanja, suficiente para permitir la introducción de los pesados carros guerreros, de ruedas claveteadas y larga lanza o brazo. El cadáver se colocaba plano, sobre el carro, con la cabeza sobre la parte trasera del vehículo y los pies sobre el comienzo del brazo.
Danzan en luna llena, al son de flautas, alrededor de una hoguera". Llevan las cabezas de sus enemigos, bien colgadas de sus caballos o como objetos de adorno en sus casas. Incineran a sus muertos, o, si se trata de guerreros, los exponen al sol y a los buitres para que sus almas suban más rápidamente a los cielos.
La aplicación de la religión de los pueblos celtas, se desarrolla en sus distintos ritos, algunos de ellos referidos por los autores clásicos. 
La dimensión que los celtas tenían de la muerte, se refleja en los rituales, la incineración y enterramiento de los restos introducidos en vasijas, los ha hecho denominadores del concepto de "cultura de los campos de urnas". Asimismo enterraban con sus pertenencias puesto que estimaban que les serian necesarias en la otra vida, puesto que creían en la inmortalidad del alma.
Otros ritos que destacan de la religión de estos pueblos son los sacrificios, algunos de seres humanos y obedecían a las distintas formas de las divinidades y sus elementos (sacrificios por incineración, ahogamiento o inmersión). De la observancia de las vísceras de los animales sacrificados los adivinos hacían asimismo sus presagios de cara a cualquier acontecimiento de importancia que fuera a suceder.
La realización de los ritos era realizada fundamentalmente en los claros de los bosques, junto al roble (árbol sagrado en la mitología celta), otra planta vinculada a sus ritos es el muérdago (que según la tradición era cortado con una hoz de oro por parte de los druidas).
Según los autores clásicos (Cuando  Brennus o Breno ataca Delfos, se sorprende y ríe, por como estaban representados los dioses en su templo, con figuras humanas), la mentalidad de los celtas difería de los griegos en cuanto a la representación de sus divinidades, mientras los griegos los representaban a sus dioses con figuras humanas, los celtas entendían que los dioses podían adquirir las formas mas variadas. Solamente cuando la cultura clásica impregna la celta, es cuando se empieza a representar las divinidades con este tipo de figuras.
Se combinaban dioses tribales y divinidades locales lo que hace abundante la variedad de dioses celtas.
Tras revisar ampliamente diversa bibliografía, nos encontramos con la dificultad de hacer una clasificación general de dioses y divinidades. en el capitulo de mitología esperamos adentrarnos en las historias de los distintos dioses celtas. Las agrupaciones de dioses y divinidades se hacen en elementos de tres, es decir en tríadas
MORRIGAN:
Divinidad femenina se aparecía con una forma terrible a aquellos guerreros que iban a morir en el combate. 
CERNUNOS:
Dios ampliamente conocido en la mitología, está dotado de una enorme cornamenta de ciervo e iba acompañado por una serpiente con cuernos de carnero. Era el dios de la fertilidad y la prosperidad de los hombres.
LUG:
Era un dios guerrero al que los galos llamaban de muchas maneras distintas. Era el inventor de las artes y el protector de los viajeros. Era un dios bueno con un rostro tan resplandeciente que ningún mortal podía soportar el mirarle a la cara. A esta divinidad se le atribuyen los nombres de diversas ciudades europeas como Lyon (Lugdunum), Lugo, etc.
TEUTATES:
Era el dios común de todos los galos y estos se consideraban descendientes de él. Tenia el poder de proteger al amenazado de muerte, pero para ello necesitaba del sacrificio de un cautivo.

CIUDADES DE LOS PELENDONES

En su relación con los arévacos -según los especialistas- se habría perdido la titularidad de Numancia y las tierras llanas. Se asume la preeminencia de la tribu más fuerte, más avanzada y con mayor actividad agrícola, pero por otro lado se afirma una coexistencia y afinidad que pudo llegar a cubrir la falta de referencias sobre los pelendones en espacios temporales en los que pudo incluirse conceptualmente dentro del grupo arévaco. Según referencias, la ciudad de Numancia habría sido restituida a los pelendones por intereses administrativos romanos hacia el s.I D.C., después de su despoblamiento en el 133 A.C., tras la derrota final. Arévacos y pelendones, considerados ya bajo la administración del Convento de Clunia, formarían juntos la llamada Celtiberia Ulterior, diferenciada de la Citerior o más relacionada con el Valle Bajo del Ebro, y cabecera del Tajo, hoy tierras de Aragón o Castilla La Mancha.
Juan Loperráez Corvalán, ya en el s.XVIII, localiza a los pelendones en los Montes Distercios, que corresponden a la región que hoy se describe. Aunque prestigiosos especialistas actuales aportan argumentos distintos en cuanto a su precisión y exactitud, en base a las localizaciones  que responden a las características arqueológicas de dichos asentamientos, el territorio pelendón parece suscribirse, generalizada y bastante nítidamente, a las serranías y estribaciones de La Demanda y de Covarrubias, limitando con turmogos; de Urbíón, de Neila, Cebollera y Cameros hasta el límite con los Berones; de Cabrejas, del Resomo y de la Umbría, al límite con los arévacos, y de las estribaciones del Moncayo limitando con vascones y lusones. Incluiría también cabeceras y cursos altos de ríos como el Duero,  Arlanza, Linares, Alhama, Najerilla (o Neila). Poblaciones como Canales de la Sierra, "las Viniegras", Cervera, Cornago, Fitero, Ágreda-Muro, Soria-Numancia, Ocenilla, Vinuesa, San Leonardo, Salas, son enclaves que marcan las referencias aproximadas de los confines de su territorio.


 




Virovias

CULTURA DE LOS CASTROS DE SORIA


Castro de Izana


Este cerro, situado al noroeste, está separado aproximadamente un kilómetro del pueblo. Se puede llegar al lugar desde la carretera que viene de Soria desde y poco antes de llegar al pueblo hay que coger una senda a la izquierda que pasa al pie del yacimiento.
Este cerro amesetado está situado a 70m por encima de la planicie que le rodea, presentan sus laderas difícil acceso, siendo más fácil la del oeste.
El poblado celtibérico:
Se asentó un amplio cerro, midiendo de ejes en la cumbre de 180 y 160 metros, lo que representa una superficie de unos 22.000 metro cuadrados.
Este yacimiento estaría primeramente poblado por los pelendones de la primera oleada celta procedente de centro Europa y más tarde sería repoblado o conquistada por os arévacos.
-El Sistema defensivo:
La muralla que hoy se encuentra bastante desmontada, según Taracena, que excavó este yacimiento, circundaba toda la parte superior del cerro. Está construida a base de lajas de piedra, dispuestas a junta encontrada, y recogidas con barro, alternando con piedras de mayor tamaño que la robustecen, conservando por el nordeste de 1,50 a 2,50m de altura (según Taracena sería poco más elevado)

En su lado este la muralla muestra un doble sistema defensivo que estaría unido por una especie de torre trapezoidal (7 por 8,50m). Es posible que la muralla sufriera una reconstrucción de los dos muros de la zona este y una parte del oeste, ya que ofrecen diferencias con el resto.
-El espacio interior y cronología:
Se descubrieron viviendas rectangulares, cimentadas sobre le manto natural, con la base de piedra cogida con barro y recrecidas las paredes con tapial (probablemente con encestado). Algunas de estas viviendas presentan la típica habitación subterránea o cueva, de hasta 2,50m de profundidad, para guardar los alimentos como ocurre en Numancia y otros yacimientos celtibéricos. En una de estas casas se encontró un hogar formado por lajas de piedra hincadas en el suelo. Estas casas según Taracena estaban dispuestas en torno a una calle de 2,50m de anchura, con aceras muy bajas y empedradas con piedras menudas.
Partiendo de la cronología propuesta en su día por Taracena para el yacimiento de lzana en función del único nivel de ocupación fechado en la primera mitad del siglo I a. C., la estrategia de muestreo se basó en las conclusiones que para esta época exponía el trabajo de prospección realizado en la zona ante el convencimiento de que los patrones de distribución de la cerámica podrían estar reflejando la situación que describe.
En este momento se detecta un desarrollo del poblamiento celtibérico a través del aumento del número de asentamientos con emplazamientos distintos al poblamiento anterior. Hay dos tipos de enclaves: asentamientos extensos en lugares elevados que dominan las cabeceras de los ríos y asentamientos en llano dependientes de los anteriores en lo que se plantea como una red jerárquica. La mayor ocupación del territorio se achaca al establecimiento de una nueva organización económica que busca un mayor aprovechamiento agrícola del terreno.

El mayor número de hallazgos fueron cerámicas, lo que hace pensar que este poblado fue un gran centro productor de alfarería celtibérica transportada por carros de un lugar a otro, grandes vasijas para almacenamiento, así como vajilla, constituida por cuencos, copas de pie corto, platos, vasos, jarras trilobuladas o circulares, ollas, soportes y trompas decoradas con temas figurados y geométricos: aves, espirales, tetrasqueles, líneas onduladas, círculos concéntricos, que guardan similitud con las de Numancia. También se encontraron abundantes pesas de telar de cerámica, en su mayoría marcadas.
Junto a algunos elementos de adorno, como fíbulas y algunas armas, se hallaron útiles de metal que permiten pensar que sus habitantes tenían como principal recurso la explotación de los bosques, la agricultura  y el cultivo de cereales. Por las muestras que se poseen podemos ver que esta gente se dedicaban a arar los campos, es decir a la actividad agrícola. Algunas monedas con letrero celtibérico y una latino llevan a fechar este poblado en los siglos II-I a.C.
Los testimonios arqueológicos y los datos de las fuentes clásicas coinciden en señalar que la base económica de las comunidades celtibéricas de la meseta oriental era agropecuaria.
Si bien el peso de la ganadería es considerable, este sector económico no es el exclusivo y a su lado ha de valorarse el papel que la creciente especialización agrícola tiene en el desarrollo global del mundo prerromano meseteño.
Las especies más cultivadas fueron las gramíneas, en especial el trigo, la cebada;,el mijo. calcinados y depositados en vasijas de almacenamiento, se destinaban a la preparación de panes, sémolas, harinas y pastas, mencionadas incluso por autores como Estrabón o Plinio, también para alimentar al ganado (plantas forrajeras) y para elaborar bebidas fermentadas tan del gusto de los pueblos celtibéricos como la cerveza, denominada en las fuentes:-caelia.
La reja de lzana y el resto de aperos  se realizaron en fraguas y talleres locales con la técnica del martilleo, forjando el hierro caliente en estado sólido que convenientemente era introducido en agua fría con lo cual se potenciaba la flexibilidad de las piezas sin disminuir su resistencia, el mismo procedimiento se aplicaba en lafabricación del famoso armamento celtibérico.
El tipo de reja de izana, estrecha y de orejas cortas, es característico de la Celtiberia, en contraposición a la reja de los arados de la Galia, más ancha y con orejas más largas. Según los estudios de Rees, el modelo de reja larga y delgada con patillas cortas corresponde a una variedad de arado más avanzada tecnológicamente y más reciente en el tiempo.



--- Pelendenga

Canicosa de la Sierra es un municipio y localidad situado al sureste de la provincia de Burgos. Se encuentra en la comarca de la Sierra de la Demanda y las referencias sociales, culturales o territoriales conocidas nos remontan al asentamiento de la tribu céltica o celtibérica de los Pelendones, hacia el s. VIII A. C. y era conocida por los historiadores clásicos como Pelendenga .
 Los Pelendones  fueron contemporáneos, adictos, aliados y leales a los arévacos de Numancia en sus guerras contra los romanos.
   El territorio donde hoy se sitúa esta comarca formaba parte de los Pelendones hasta la llegada de los romanos.
Procedentes, al parecer de la región belga, los pelendones, adoradores del dios Belenos (Belendi-belendones), llegaron, supuestamente, en la primera oleada de pobladores celtas. Eran eminentemente ganaderos y metalúrgicos, versados en las artes guerreras y bien armados.
Hay quien, como   Juan Luis García Alonso, filólogo de la Universidad de Salamanca, a través de la lingüística, sospechan que su origen étnico podría ser precéltico, pero sería en esta época donde se distinguen hoy sus características.
 Es la cultura de los Castros, en concreto, la Cultura de los Castros Sorianos, llamada así por la abundancia de estos asentamientos de similares características en esta provincia, tan cercana a la sierra burgalesa.
  Los pelendones dejaron constancia en el castro de Canicosa, apenas perceptible aún. 

Los  castros son poblamientos amurallados en parte, ya que se ubicaban junto a defensas naturales, localizados en altos de buena visibilidad y a una altura entre los 1100 y 1400 metros. Eran lugares con acceso al agua y desde donde se podía controlar el pasto de los ganados, y las posibles acometidas de invasores. Dentro del recinto se edificaban casas rectangulares, al modelo celtibérico.
 En el Castro de Canicosa se adivina la defensa natural hacia el norte y noreste. Inaccesible; y derruida por el tiempo -u otras razones-, en cúmulos de piedra menuda, se puede reconocer la muralla artificial que completaba el cerco. La visibilidad desde allí es impresionante. Si uno imagina el monte cubierto de robles más que de elevadísimos pinos, puede hacerse una idea de  la situación privilegiada del enclave. Al sur los pastizales.

  Cerca de este lugar se adivina, igualmente, un campo de tumbas. Losas gruesas y planas, algunas removidas por los arados, que parecen señalar confusamente una necrópolis. Todo ello pidiendo a gritos un estudio profundo y pormenorizado para desenterrar el conocimiento sobre nuestros antepasados.
.Estos pueblos seminómadas aprovechaban .la gran riqueza forestal que había en   la sierra y sus alrededores, es decir, talaban árboles para hacer fuego y cabañas, comían plantas medicinales, bellotas, piñones, además de la agricultura  que ellos practicaban y la ganadería que poseían  se dedicaban a la pesca en los ríos adyacentes.
  Las fuentes clásicas nos dicen que ellos no tenían aceite, si no que guisaban con manteca de cerdo
   Con la paz romana, los pueblos que habitaban las montañas descendieron a los valles. En el caso de Canicosa, debió de instaurarse un nuevo asentamiento en el valle debajo de Las Muelas.
   Como referencia más significativa, una estela situada en la antigua entrada a la iglesia, de procedencia desconocida, y que representa un guerrero.
Para los vecinos de Canicosa, hablar de la Pelendenga resulta algo familiar, un topónimo que ha sobrevivido generaciones y generaciones y ha marcado un hito en el barrio San Roque, que se acuesta a su vera.
 La Pelendenga tradicional a la que nos deja la nueva urbanización seguirá siendo un exponente histórico-geográfico-urbano en Canicosa.
  Es verosímil que dicho topónimo guarde relación con los Pelendones, una tribu celtibérica que los historiadores ubican en la cuenca del Duero lo mismo que a otras tribus: Arévacos, Vacceos, etc. Todos ellos son pueblos anteriores a Roma y anteriores al Cristianismo.
  En Canicosa, por ejemplo, no hay restos porque no se han verificado excavaciones, a menos de que las máquinas que ahora mueven las tierras de la Pelendenga nos sorprendan con un hallazgo.
  Pero, si no hay restos, nadie puede olvidar el topónimo de la Pelendenga de clara etimología pelendona, y que ha sido así llamada a lo largo de toda la historia de Canicosa.
   Es posible que Pelendenga o Canicosa haya sido la capital o ciudad grande de la tribu de los Pelendones.
  Las extremas condiciones del clima y del terreno hacían que esas gentes se tuvieran que alimentar de bellotas y de la leche de sus cabras y de sus vacas.
  La Arqueología esta buscando restos de estas tribus celtibéricas que aprovechaban los recursos de la zona en forma de pesca, caza o recursos vegetales; y terminados todos ellos, emigrarían pero seguramente dejando alguna muestra de su estancia, algún resto que hoy podría explicar su presencia, ya que estas tribus eran seminómadas y hacían uso de todo aquello que el terreno les podía proporcionar.
Sólo la excavación podría aseverar que en las proximidades de Santa Lucía existe un lugar destinado al reposo de los muertos. Pero, lo que a simple vista llama la atención es que la forma de las losas seleccionadas pueden darnos la idea de una "tapa" de tumba antropomórfica, lo que chocaría con la costumbre céltica de la incineración, y nos llevaría a pensar en otro tipo de asentamiento incluso anterior.
Por otra parte, dentro del complejo del castro, existe una alineación de grandes losas rectas que por su ubicación no se pueden confundir con las típicas "piedras hincadas" de carácter defensivo de los castros, si no que más bien parecen los restos de un monumento megalítico, o una tumba de galería más típica de la Cultura del Argar, anterior a lo céltico.
 Para completar el rompecabezas, hay que destacar en la falda de la montaña, y bastante ignorados entre el paisaje vegetal, ciertos túmulos de piedra menuda que dan que pensar:  en un entorno donde las rocas sorprenden por su grandiosidad, donde los agricultores no han tenido que apartar las piedras de sus sembrados para recogerlas en un lugar determinado, la presencia de estos amontonamientos es, cuando menos, misteriosa.
 Los pelendones, al igual que sus hermanos los arévacos, y a diferencia de otras tribus que hoy se las dan de inaccesibles a los imperios, defendieron hasta su aplastamiento la independencia, lo que les costó un duro castigo romano, después, a nivel de ciudadanía. Con la paz romana, los pueblos que habitaban las montañas, descendieron a los valles. Algunos por haberse liberado de temores y enemistades, y otros, por la fuerza. Se desconoce este dato de Canicosa, pero una nueva vida se asentó en el pequeño valle debajo de Las Muelas.
La caída de Numancia significaba la derrota final de los pueblos celtíberos y la resistencia de arévacos y pelendones humillada sin remisión. Consta que los guerreros de estas tribus diseminadas por la región habían sido llamados en defensa de la ciudad, que se rendía después de un asedio de veinte años ante Publio Cornelio Escipión Emiliano, nieto de Escipión el Africano, en verano del año 133 adC. Hasta el primer siglo después de Cristo sus principales ciudades, Visontium (Vinuesa, pelendona), Tiermes o Clunia, no comenzaron a recibir de los romanos el trato de municipium, siendo hasta entonces ciudades peregrinas, sin capacidad de autoadministrarse y considerados sus ciudadanos peregrinos, o ciudadanos "de segunda". "La paz romana", sin duda trajo consigo la romanización de este territorio en cuanto a las formas y el derecho romano.  Esta región fue insertada en la Hispania Citerior  y, con la posterior subdivisión provincial, perteneció a  la Tarraconense.
 Como hemos dicho anteriormente, Pelendanga o Canicosa debería ser la capital delos Pelendones, o quizá, la fortaleza más grande de ellos,pero si no se le atribuyó el título de municipium es porque sus habitantes eran muy guerreros y estaban siempre contra el gobiernos de roma sin aliarse a él.
El origen del nombre es desconocido y no hay ningún documento que lo aclare, por lo que se han suscitado diversas teorías. La más conocida hace referencia a la etimología latina de Canne-cosa, un "lugar de cañas", y que sirvió de fundamento para la adopción del escudo heráldico de la villa, con un cuartel en el que aparecen unos juncos. El origen señalado como más probable, remite a la raíz latina canna, que significa cañada, en ambas de las dos acepciones definidas en el DRAE:
1.    Espacio de la tierra entre dos alturas poco distantes entre sí.
2.    Vía para los ganados trashumantes, que debía tener noventa varas de ancho
Canicosa es el lugar de una continua cañada o pasos entre montes, paso de ganado o un lugar de cañadas.. Igualmente, en tierras del sur, a los habitantes de las poblaciones cuyo topónimo es "Cañadas" se les conoce por el gentilicio canicosos, el mismo gentilicio que se usa para los habitantes de Canicosa.  
Otros aventuran unos orígenes basados en la partícula Kan-, del antiguo idioma céltico. Hay quien lo identifica con la palabra sol y quien lo identifica con lugar en la altura. Para unos, Kan-tabria, o los montes de O-Kan (Oca, Burgos) serían del mismo origen que Kan-Nikos (lugar o altura de Nikos). Hay también quien lo considera precéltico y lo adivina entre la convergencia íbero-vascona. Su origen provendría de Gan (gain, altura) y Gosa (paso), paso en la altura. Hay que tener en cuenta que no sería extraño un sonido celtíbero o vascón, frecuentes en la zona, como el vocablo Urbión (reconocido en el euskera: "dos vertientes de agua"). Hay otras teorías como el origen del vocablo cuni-colosa (lugar de conejos), Canus-cosa (canas o nieves abundantes) o Canis-cosa (lugar de perros).

 

--- Verovías

Borobia,
Enclavada en las estribaciones del Moncayo a los pies de la sierra de Toranzos, situada en el corazón del territorio celtibérico, en la que el profesor Antonio Beltrán ubicó la ceca y, siendo este el primero que la estudió ha sido pasado por alto e interpretándose como incierta porque con la Briviesca no cuadra exactamente.
Cuenta en la actualidad con un especial y seductor atractivo, un Observatorio Astronómico, abierto al público, que nos acerca a las estrellas gracias a la altitud y pureza de sus cielos.
Se sabe que en Borovia hubo un asentamiento celtibérico del  siglo I A.C. ya que se encontraron  unas monedas que corresponden a la ciudad celtibèrica de VIROVIAS (Borobia), las cuales estaban acuñadas allí, posteriormente hay unas estelas funerarias romanas de los siglos 1 y 3 D.C., las cuales se encuentran en el Museo Numantino.
Algunos autores latinos nos dicen que esta ciudad era de los belos, mientras que otros nos dice que era de los Pelendones.
En esta época la población romana de Borobia se hallaba próxima ala vía que unía Numantia y Bilbilis y no lejos a la vía Astúrica a Caesaraugusta.
En las tres estelas aparece la figura de un jinete y su caballo, símbolo de la religiosidad Celtibérica y la importancia social que se reconocía a los jinetes guerreros.
Como sabemos los pelendones vivían en las montañas siendo su principal riqueza la ganadería y la agricultura, pero esta vez parece ser que también fue la minería.
De ella nos habla Plinio diciéndonos las clases de instrumentos y las técnicas que tenían los hispanos para la extracción de oro que eran desconocidas por los romanos.
La presencia celtibérica y romana fue constante debido a la Mina Gandalia,  Esta mina de hierro y oro a cielo abierto y cerrada hace décadas, se sitúa en la base sur del monte Toranzo muy próxima a la localidad de Borobia. En la actualidad, su cantera principal ha quedado inundada dando lugar a una laguna natural con más de 100 metros de diámetro y 60 de profundidad. El paisaje “lunar” de la mina contrasta con sus orillas que con el tiempo se han poblado de chopos, chaparros, sauces y estepas, transformándose en un atractivo paraje para desarrollar diversas actividades. 

Las estelas son tres piezas de excepcional interés, no sólo por ser una muestra escultórica con destino funerario, sino en especial, por demostrar el alto grado de fusión entre culturas celtibéricas y romanas.
La religiosidad prerromana local, vinculada en gran medida a los elementos naturales, se transformó por la acción romana, la cual sin embargo no pudo sustituir en los contextos funerarios el típico simbolismo astral céltico por figuraciones de gusto clásico. Según estas estelas se sabe que las gentes de Virovías adoraban  dios céltico Vurovius
En esta época la población romana de Borobia se hallaba próxima a la vía que unía Numantia y Bilbilis y no lejos a la vía Astúrica a Caesaraugusta. En las tres estelas aparece la figura de un jinete y su caballo, símbolo de la religiosidad Celtibérica y la importancia social que se reconocía a los jinetes guerreros.
Se encotro también una tésera de hospitalidad con una leyenda que dice Uirouiaka.
Plinio nos dice que esta ciudad o villa era de los berones, mientras que Ptolomeo dice que es  de los autrigones.
Fuera de quien fuere en general, todas estas gentes son pueblos mal conocidos, con las únicas indicaciones fruto de las referencias históricas antiguas y de un limitado análisis de sus elementos arqueológicos y lingüísticos, si bien con la dificultad añadida de lograr una visión de los elementos comunes o de su afinidad con tribus o pueblos limítrofes.
No obstante, una mejor interpretación de los textos clásicos, así como los estudios sobre los elementos arqueológicos de más reciente descubrimiento, como por ejemplo la tésera de hospitalidad, de rasgos zoomorfos y que presenta una inscripción con caracteres ibéricos y lengua celtibérica o similar, muestran que es posible mejorar nuestro conocimiento de este pueblo de la Antigüedad.

--- Augustobriga


La antigua ciudad romana de Augustóbriga se localiza en el actual Muro de Agreda (Soria), en cuyo núcleo urbano han aparecido los escasos restos materiales que conservamos de esta civitas. Esta identificación, aceptada hoy día por el común de los investigadores, fue propuesta por primera a vez a mediados del siglo XVI por el erudito fray Jerónimo Zurita, quien se basara en las distancias entre ciudades referidas en los itinerarios y muy especialmente en la existente en un miliario colocado in situ –CIL II 4892-- donde se especifica la distancia de tres millas romanas desde ese punto de la calzada romana procedente de poniente hasta su siguiente hito o jalón principal, Augustóbriga.
 
Como a simple vista se aprecia el nombre del asentamiento procede de la unión de dos palabras: una latina, Augusto, a la postre el cognomen del primer emperador romano, y otra céltica, briga, traducible como fortaleza, castro o, en general, lugar fortificado. “La fortaleza de Augusto” sería el significado etimológico de la palabra Augustóbriga, lo que nos pone tras la pista de un asentamiento, ya fundado, ya renombrado, en época augustea, setenta años después de la conquista romana de Termancia (96 a.C.) y el final de las Guerras Celtibéricas. Considerando por un lado que Augustóbriga se encontraba emplazada en un llano de pobres condiciones defensivas y, por otro lado, el hecho conocido de que los romanos, tras la victoria final, obligaron a las tribus celtíberas a desalojar la gran mayoría de sus poblados –castros—y ciudades fortificadas, casi siempre localizadas en altos de fácil defensa, asentándolas en las llanuras aledañas donde eran mucho más sencillo su control, se puede colegir que Augustóbriga fue uno de estos nuevos asentamientos en llano. Desde luego el nombre del lugar, significativamente oficialista, apunta en esta dirección, siendo posible ir un poco más lejos y afirmar el carácter campamental de la nueva plaza, al menos en los primeros años de su existencia. Dicho todo esto parece razonable datar la fundación de Augustóbriga en algún momento del último tercio del siglo I a.C.
 De entre los diversos pueblos que habitaban la Celtiberia, nombre romano no demasiado preciso, eran los pelendones los que residían en Augustóbriga. El greco-egipcio Ptolomeo es el encargado de precisar este detalle, concretando las coordenadas de la ciudad en 11º30´ de latitud norte y 42°40´ de longitud oeste, más o menos en el mismo meridiano que las otras dos ciudades pelendones recogidas en el texto: Visontium y Savia.

Existe cierta controversia sobre la identificación propuesta por algunos autores entre Augustóbriga y Nova Augusta, ciudad ésta mencionada por Plinio el Viejo en su Naturalis Historia así como por el propio Ptolomeo. Aunque la cuestión dista bastante de estar clara, yo me inclino por aceptar la identificación propuesta en base a los siguientes argumentos:

• Desde un punto de vista conceptual los dos nombres –Augustóbriga y Nova Augusta—son muy similares. El primero puede resultar algo más ambiguo a la hora de hacer referencia a un lugar de nueva fundación –si bien se han expuesto razones suficientes para demostrarlo--, el segundo obviamente no. Su carácter oficialista no deja lugar a dudas, lo que unido a su relativa proximidad parece dificultar que se trate de dos núcleos distintos.
• Resulta extraño que un autor tan bien informado como Plinio el Viejo, que no cita a Augustóbriga en su obra cumbre, olvidara mencionar una plaza honrada con el nombre del primer emperador de Roma, máxime tratándose de nueva fundación. Esto puede explicarse si consideramos que la nueva ciudad fue fundada con el nombre de Nova Augusta, nombre por el que la conociera Plinio y que por ser totalmente ajeno a la lingüística indígena fue cambiado décadas después por el mixto Augustóbriga una vez los ánimos guerreros se habían aplacado y la plaza, ya no tan Nova, había ganado carácter civil en detrimento del militar.
 • El principal argumento en contra de esta identificación reside en el hecho de que Ptolomeo cita a ambas en su Libro de Geografía, difiriendo en las coordenadas lo suficiente para ubicar Nova Augusta en el territorio de los Arévacos y a Augustóbriga, ya lo vimos, en el de los pelendones. Está claro que el sabio de Alejandría creía que eran dos ciudades diferentes y así lo reflejó en su obra. Sin embargo no hay que olvidar que Ptolomeo, que nunca viajó a Hispania, obtuvo la información para sus trabajos de muchas fuentes distintas, unas más antiguas que otras, de manera que pudo sacar el nombre de Nova Augusta de una obra anterior –quizás del propio Plinio (23-79 d.C.), un siglo anterior a él—y el de Augustóbriga de otra posterior, cuando la plaza se llamaba ya así. La falta de conocimientos geográficos propia de la época haría el resto, no significando mayor problema desde el punto de vista del historiador la diferencia en las coordenadas de las dos ciudades, ya que son bien conocidos los muchos errores que cometió Ptolomeo en este particular.

• Augustóbriga aparece tanto en el itinerario de Antonino como en el Ravenate, que no mencionan a Nova Augusta. No creo que una ciudad con tan peculiar nombre, con lo que eso significa de voluntad oficialista, hubiera podido seguir, de haber sido distinta que Augustóbriga, una evolución tan pobre y oscura que no hubiera merecido el paso de ninguna vía principal por sus cercanías. Además, tampoco se vuelve a saber nada de ella en ningún texto posterior, permaneciendo igual de muda la epigrafía. Resumiendo, se puede decir que Nova Augusta, de haber existido como entidad independiente de Augustóbriga, no ha dejado la menor huella histórica, cosa no imposible pero sí difícil de aceptar, máxime habiendo varios argumentos a favor de la teoría de la identificación.

El itinerario de Antonino cita a Augustóbriga en su Item ab Asturicam per Cantabria Caesaragusta entre las mansiones de Numantia –Garray, Soria—y Turiassone –Tarazona, Zaragoza--. Por su parte el Ravenate la nombra con una pequeña corrupción: Augustabrica.
La falta de excavaciones impide un conocimiento preciso de la evolución histórica de esta ciudad. Gracias a cierta inscripción encontrada en la capital provincial, Tarraco, sabemos que Augustóbriga era municipio romano en la segunda mitad del siglo II d.C. Dado lo avanzado de esta datación, al menos noventa años posterior al edicto de Latinidad de Vespasiano, no se trata de una información demasiado relevante. En realidad, a día de hoy no se puede saber en qué momento adquirió Augustóbriga el rango municipal. Ni siquiera es posible especular con ello, pues si bien la mayoría de las ciudades próximas dejaron de ser estipendiarias en tiempos de Vespasiano, Augustóbriga no era una ciudad propiamente indígena al haber sido fundada por Roma por lo que en buna lógica hubiera podido alcanzar con anterioridad el rango municipal.
 Probablemente Augustóbriga no se deshabitó durante el Bajo Imperio al estar situada en una vía de comunicación importante y aparecer mencionada en una fuente bastante tardía como el Ravenate. El hecho de estar amurallada debió contribuir poderosamente a su preservación en los turbulentos siglos finales del Imperio. A falta de excavaciones poco más se puede decir.
Ignoramos por completo la suerte de la ciudad en época visigoda, si bien es seguro que se trató de un periodo de oscuridad y decadencia, en el que la vida urbana se redujo hasta su mínima expresión. Tampoco se debe descartar la desaparición de la ciudad en este momento de la Historia de Hispania; es más, opino que Augustóbriga no llegó a conocer la invasión musulmana y, si lo hizo, desde luego no sobrevivió a ella ya que el emplazamiento carecía de interés para los nuevos señores de España a causa de su escaso valor defensivo, al contrario que la cercana Ágreda, bien conocida por sus murallas islámicas de cronología temprana. El actual Muro de Ágreda fue fundado en el siglo XI por Alfonso I de Aragón, apodado el Batallador, en el marco de la reconquista de Ágreda y su comarca. El nombre de la localidad parece provenir directamente del principal testimonio que por aquel entonces, cuando hacía mucho tiempo que se había perdido la memoria de Augustóbriga quedaba de su finado esplendor: la muralla. No obstante es improbable que los cristianos medievales pusieran en valor la antiquísima cerca, ya que englobaba una extensión de terreno muy superior a la de la nueva puebla, nunca muy grande ni próspera, lo que en términos castellológicos equivalía a hacerla indefendible. Prueba de esto último es la presencia del castillo de Muro de Ágreda, obra cristiana datable por su tipología en el pleno medioevo, acorde con el tamaño de la plaza y que ciertamente debió constituir su principal defensa en lugar de la maltrecha muralla romana.
Por otra parte, merece la pena señalar que algunos autores han hipotetizado acerca de la destrucción violenta de la ciudad basándose en el hallazgo de carbones en todo el espacio intramuros. En tal caso lo lógico sería datar la destrucción total o parcial de la ciudad en el siglo V con motivo de las invasiones bárbaras que, sabemos, utilizaron entre otras la calzada próxima.
Aparte de materiales de construcción, monedas y algunos fragmentos cerámicos, poco más es lo que nos ha llegado de la antigua ciudad romana. Desde luego la estructura arquitectónica mejor conservada –lo cual no es decir mucho—es la muralla de la ciudad, en la práctica reducida a la condición de vestigios. Así mismo se tiene constancia del hallazgo de algunos restos murarios correspondientes a casas, en algún caso pavimentada con mosaicos, no faltando prospecciones en las villas pertenecientes al territorium de la ciudad tal como la existente en el paraje conocido como “el Palomar” –Matalebreras, Soria--, donde se obtuvo un registro cerámico continuo entre los siglos I y IV d.C. Por último se debe destacar cierta fuente situada a las afueras del pueblo así como localizada estratégicamente al pie de la calzada que aunque bastante reformada en épocas posteriores presenta un marcado aspecto romano.
Como dijéramos en el párrafo anterior el principal resto conservado de la antigua Augustóbriga es su muralla. Todavía hoy es posible seguir parte de su trazado a través de los vestigios de cimentación y terraplenes que rodean la pequeña población soriana, mucho más extensa en época romana. En cualquier caso, de todo el perímetro amurallado lo más destacable es un tramo de veinte metros de largo especialmente bien conservado cuyo análisis constituye la mejor fuente de información sobre la muralla mientras no se realice una adecuada excavación.
Se trata del paramento externo de un lienzo de muralla recto, sin vestigio de torres, con un metro y medio de altura conservada y espesor no cuantificable al estar completamente soterrada su cara interna. Su aparejo constructivo es una tosca sillería mal labrada así como muy heterogénea en sus dimensiones que al no asentar bien a hueso tuvo que ser regularizada con algo de argamasa de barro. Se pueden contar hasta tres hiladas verificadas de este modo, no siendo romana la mampostería que conforma el coronamiento del lienzo sino muy posterior, posiblemente de época medieval relacionada con el aterrazamiento de la pequeña colina en la que se alza el castillo de Muro de Ágreda, destinada a elevar el valor defensivo de aquélla y que de paso nos da otra prueba de la inutilización de la muralla romana por aquel entonces.
A priori estos restos no parecen corresponder a una muralla con la suficiente envergadura para ser considerada bajorromana. La tosquedad de su aparejo así como el gran módulo de varios de los pseudo-sillares que lo conforman apunta a un origen fundacional de la obra, en la línea de las fortificaciones celtibéricas contemporáneas. Puede, pues, datarse la construcción de la muralla de Augustóbriga en el último tercio del siglo I a.C., al poco de que ésta se fundara. A modo de refuerzo de esta cronología, basada en argumentos tipológicos, se debe añadir su coherencia con la evolución histórica de la ciudad, ya que al tratarse de una ciudad de nueva planta debió ser provista de las preceptivas murallas según el ritual de fundación romano, no debiéndose olvidar tampoco el hecho de que aparezca la palabra briga –fortaleza—en el nombre de la ciudad, muy difícil de comprender en una plaza abierta.