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lunes, 22 de abril de 2013

EL LAPIS SPECULARIS

El lapis specularis o piedra especular se identifica con la variedad mineralógica del yeso conocida como yeso selenítico; éste se caracteriza por su aspecto hialino y por su gran tamaño cristalino, del que se pueden obtener láminas de exfoliación de grandes proporciones. En la comarca donde se localiza, es denominado y conocido como espejillo, espejuelo, reluz, piedra del lobo (ya que brilla al reflejo de la luna), espejo de asno, etc.
Su denominación proviene de su principal característica, la de poder dejar pasar la luz y poder ver a través de su masa, singularidad que compartió con otros materiales pétreos que se explotaron en época  romana y que fueron utilizados en el pasado por semejante peculiaridad.
En la antigüedad, los tratadistas clásicos realizaron la clasificación y la nomenclatura de los minerales en función de sus características, apoyándose tanto en las propiedades del uso y cualidades de talla de la piedra, como por el lugar geográfico de su ubicación, así como por su color, forma, semejanza con alguna cosa, o cualquier tipo de relación que identificara o aludiera al mineral en cuestión.
Esta catalogación permitía que una variación de color de un mismo mineral, por pequeño que fuera, determinara la existencia de otro con distinto nombre y, por el contrario, varios minerales con una característica semejante quedaban incluidos bajo una misma denominación. Sólo hasta el siglo XVIII, con la aparición del análisis químico y el desarrollo de la mineralogía científica, se descubrió que minerales con una forma externa similar podían ser distintos, y dos de apariencia física diferente podían compartir la misma composición química y cristalina.
Actualmente, se mantiene el empleo de nombres antiguos para mencionar a ciertos minerales, a pesar de que muchos de ellos no se corresponden con el mineral referido en la antigüedad, favoreciendo de este modo las confusiones y un cúmulo de errores.
El caso del lapis specularis no ha sido una excepción. Desde hace siglos, y hasta nuestros días, la identificación del espejillo ha pasado por variopintas interpretaciones, entre las que se encuentran la mica (atribución errónea de Adolf Schulten, que ha sido continuada por otros investigadores perpetuando semejante catalogación), y otras asignaciones igualmente confusas y desafortunadas como el mármol, el talco y el alabastro.
En la identificación de Segóbriga, el lapis specularis resultó ser determinante en la disputa que durante siglos mantuvieron diversos investigadores por ubicar el emplazamiento correcto de dicha ciudad. Así, unos y otros, en defensa de sus postulados, esgrimieron la presencia o no de la piedra especular, e incluso viajaron a los distintos sitios (Albarracín, Segorbe, Saelices), que se proponían como lugares posibles de la antigua Segóbriga, recorriendo y prospectando los campos para confirmar o desmentir los indicios mineros que identificaran de forma segura el emplazamiento de la ciudad.
En la actualidad, al igual que no existe duda razonable sobre la ubicación de Segóbriga en el cerro de Cabeza de Griego (Saelices, Cuenca), tampoco existe sobre la naturaleza del material que fue el principal elemento dinamizador de la economía de las tierras conquenses en época romana. Sus vías principales de comunicación y en especial la calzada que unía Segóbriga con Carthago-Nova, así como algunas de sus ciudades y la distribución de sus gentes, se articulaban en función del aprovechamiento de este material, que en su día logró alcanzar una importancia sólo comparable con las grandes explotaciones metalíferas de la época.
Una vez perdida su funcionalidad y uso, la explotación del yeso especular fue prácticamente abandonada, ya que a partir de época  celtibérica y romana sólo se ha aprovechado de forma residual, de  manera puntual y en ocasiones con finalidades diferentes.
La distribución del espejillo se haría con carretas tiradas por caballerías y, las más pesadas, por bueyes. El transporte rodado de carga se serviría de las calzadas como vías de comunicación para el comercio del lapis specularis, en especial la calzada hacia Carthago-Nova que, sería la ruta natural de salida y exportación del espejillo.
El final de las explotaciones de lapis specularis vino condicionado por el desarrollo de la industria del vidrio y su sustitución por éste. Al no haberse continuado la explotación nada más que de forma residual, el espejillo se sumió en el olvido, y su minería permaneció desconocida y ajena a la tradición histórica minera que otras zonas y otras explotaciones por sus continuas reactivaciones a lo largo del tiempo, han mantenido.
Extracción y procesado del mineral
Una vez conocidos los métodos de trabajo, la iluminación, y el instrumental minero, nos queda por conocer cómo se extraía el lapis specularis. La secuencia de extracción de las placas de espejillo comienza, como nos indicaba Plinio el Viejo, con el arranque de los bloques dentro de la mina, y si era factible se reducía el tamaño del bloque extraído mediante su corte con serrucho ya en el interior, para poder así sacar y transportar el menor volumen posible. Los bloques se porteaban por las galerías de trecho en trecho hasta los pozos, de donde se sacaban al exterior mediante tornos o por las rampas con el uso de caballerías.

En el exterior, el espejillo se acarreaba a las instalaciones de superficie que se situaban a boca de mina, donde los centros de procesamiento devastaban las placas y las seleccionaban por calidades y tamaños. Después de los retoques y de la selección, las placas de espejillo se cortaban con sierra en módulos comerciales, usando una serie de plantillas y punzones que dibujaban y perfilaban, con incisiones en el mismo espejillo, el formato y la superficie a cortar según el módulo requerido.
La forma más frecuente de los módulos es la rectangular o cuadrada. El formato cuadrado es fácil de apilar y embalar, lo que abarata sustancialmente los costes, aunque no se descarta el uso de módulos más complejos que requerirían complicados dibujos curvos, u otras formas geométricas como triángulos, círculos, rombos, etc. Los módulos de espejillo eran ideales para su aplicación  como acristalamiento a modo de vidrieras en ventanales o celosías a basé de vanos de cerámica o piedra, o en rejas metálicas y entramados de madera que hacían las veces de ventanas.
La piedra especular se puede cortar con sierra fácilmente. Se usaron distintos tipos de sierra. A juzgar por las huellas dejadas en los espejillos cortados, los grosores de los dientes de las sierras y serruchos son de varios tamaños, pero todas las piezas presentan un ángulo de corte 45 grados, por lo que es de suponer el apoyo de las placas en superficies planas, seguramente mesas o bancos de trabajo para poder cortarlas con mayor comodidad.
Una vez cortadas, las placas se hienden con cinceles y se separan en láminas, exfoliándose en planos naturales. La exfoliación permite que, de una pieza en bruto, se obtengan una serie de láminas idénticas del mismo patrón, siempre en función de la capacidad de grosor de la placa de espejillo. Esto es muy útil en parámetros constructivos, ya que con varias exfoliaciones se contaría con una serie de módulos iguales que son replicas de sí mismas, y agiliza el trabajo si se necesitase, por ejemplo, una serie de piezas idénticas para cubrir un vano subdividido en retículas moduladas que se pretendiera construir.
No sabemos todavía cómo se las ingeniarían para conseguir el "ancho predeterminado" a la hora de lajar las placas, es decir, cómo conseguían un ancho preciso por ejemplo, de láminas de dos centímetros, ya que la exfoliación tiende a lajar las placas por las direcciones de fracturas y de debilidad, y no por anchos homogéneos, dificultando enormemente obtener la medida deseada y establecida. Quizá el método sea semejante a la de los maestros de cantería, que van fijando pequeñas cuñas de madera a intervalos iguales, para que las piedras se partan con el mismo grosor y de manera uniforme en el lugar adecuado; este trabajo sería hecho por personal especializado.
Con los módulos de espejillo ya preparados, sólo restaba embalarlos y distribuirlos. El embalaje también se hacía en la instalación minera, posiblemente en cajas de madera rellenas de paja o en sacos de esparto precintados con plomo, a juzgar por el elevado número de ellos que hay en la zona de minas.



El lapis specularis o espejuelo es un yeso cristalizado que se presenta en la naturaleza en forma de grandes masas transparentes. Su estructura es laminar u hojosa, de manera que parece estar constituido por multitud de hojas o capas adheridas, siendo susceptible de ser exfoliado, es decir, separarlo siguiendo planos determinados, lo que permite obtener, fácilmente y de una sola placa, una serie de láminas diáfanas, de grosores variables y textura micácea.
Por su propiedad translúcida y sus características, se aplicó preferentemente en la edificación urbanística del nuevo Imperio en construcción, de manera que en Hispania, y más concretamente en una zona de la Tarraconense, un mineral particularmente abundante, de gran pureza, calidad y fácil de trabajar, se convirtió en el material constructivo conocido en su época como lapis specularis.

martes, 16 de abril de 2013

Las Minas de los Olcades

La totalidad del conjunto minero que configura las minas de lapis specularis se encuentra en la actual provincia de Cuenca, extendiéndose a través de sus tres regiones naturales: Sierra, Alcarria, y Mancha. El distrito minero tiene como epicentro geográfico la ciudad romana de Segóbriga, pero ésta no es ni mucho menos la única ciudad que se dedicaba al comercio y explotación del minado.
La ciudad de Ercávica en la Alcarria (Castro de Santaver, en Cañaveruelas), el enclave de Culebras en la cuenca fluvial del Guadamejud, el asentamiento de la posible Opta o Istonium romana (Cerro Alvar Fáñez, en Huete), el yacimiento del cerro de la Virgen de la Cuesta (Alconchel de la Estrella), y un gran número de otras poblaciones menores tenían relación igualmente con la explotación o el procesado posterior del espejillo, abarcando una zona minera que se desarrolla en una franja de 150 km. de largo de norte a sur y de unos 40 km. de ancho, coincidiendo con la distribución geográfica de los yesos terciarios en el área conocida como cuenca del Loranca.
En lo que respecta a las instalaciones de superficie excavadas, se ha localizado un área de trabajo donde se procesaba el espejillo y se cortaba en módulos comerciales generalmente múltiplos del pie romano, al igual que una serie de hornos-fragua, fundamentales para reparar, aguzar y fabricar todo el utillaje metálico necesario para emprender y afrontar las labores mineras.
Los restos constructivos de estas instalaciones, denotan un tipo de construcción de carácter elemental y de precaria calidad. Las edificaciones están hechas de adobe y suelos de tierra apisonada, los muros son delgados y la ausencia de restos de techumbre denota el carácter circunstancial y perecedero de las cubiertas, que posiblemente fueran de materia vegetal, y cuyos restos puedan ser las grandes manchas de cenizas halladas en la excavación.
La gran extensión de la zona minera ha hecho de esta explotación un fenómeno particular, de dimensiones más que considerables, tanto en el espacio físico que ocupa, como en el elevado número de las explotaciones mineras. Éstas, se organizan en complejos mineros que cuentan con sus correspondientes poblados y unas infraestructuras de vías de comunicación, instalaciones y servicios de apoyo que articulan la explotación.
Dentro del conjunto minero de lapis specularis pueden distinguirse, como hemos dicho, una serie de complejos mineros. Actualmente estamos procediendo a su inventario de forma sistemática, y aunque alguno de estos minados ya se conocía de antiguo, la investigación en curso ha permitido identificar nuevas minas que, con el tiempo, al haber sido tapadas por procesos erosivos, o por haber incidido en ellas trabajos agrícolas, quedaban encubiertas en el terreno, dificultando su localización.

Por otro lado, las minas de lapis specularis unen al paso de los años del fin de su actividad, unas características de mimetización y sincretismo con el paisaje actual que hacen extremadamente complicada su identificación en algunos casos.
Las antiguas escombreras se han degradado y los yesos extraídos del interior, una vez en superficie, se han disuelto y alterado, de forma que el terreno exterior apenas difiere del espacio circundante. Sin embargo, todo ello no deja de ser el camuflaje de una actividad minera que ha generado y modelado un peculiar paisaje que, bajo un manto "natural", esconde una realidad más compleja, en la que cerros y torcas, son en verdad antiguas escombreras y grandes salas mineras hundidas por gravedad y vencimiento de sus soportes, y que en muchos casos se desarrollan a lo largo de kilómetros, como testigos externos de lo que fue la explotación minera.
El inventario de los complejos mineros hasta ahora localizados supera la veintena, distribuyéndose y afectando a más de diecisiete municipios actuales conqueses, que cuentan con minados en sus términos municipales.
El material arqueológico de los poblados mineros es mayoritariamente de los siglos I y II d. C., con lo que nos encontramos con una explotación que se desarrolla en su mayor parte en época Altoimperial, donde abundan los materiales de importación itálicos y gálicos, excepcionales en su calidad y cantidad, fruto de la dinámica comercial que generó la explotación del espejillo.
En relación con el auge y la economía de la zona, las minas de lapis specularis gracias a su producción, sirvieron como revulsivo económico y de atracción para la venida de numerosos inmigrantes, tal como se ha podido comprobar mediante los hallazgos de inscripciones epigráficas en la ciudad de Segóbriga, uno de los yacimientos españoles donde es posible constatar una presencia de gentes de origen diverso y uno de los núcleos hispanorromanos más activo y cosmopolita del interior Peninsular.. 
Igualmente, la colonización itálica que se desarrolló en Hispania, potenció el proceso de urbanismo y la integración de las comunidades indígenas a la romanización,  donde la minería desempeño un papel fundamental dentro del marco de la política colonialista romana.
Estos inmigrantes itálicos afluyeron para hacerse cargo de las explotaciones y se establecieron en la zona consolidando su poder junto a las elites indígenas locales. Gracias al beneficio obtenido de las minas y a su consecuente mayor poder adquisitivo, formaron parte de la clase dirigente y, mediante su condición de privilegio, ejercieron unas magistraturas que les facilitaban de forma ambivalente el control económico del Minal y el control sociopolítico del territorio.
Por otra parte, la riqueza generada por las minas puede rastrearse en los costosos programas de edificaciones que hoy podemos ver en las ruinas de las ciudades, consecuencia principal de la intensificación de las explotaciones y del ejercicio de un evergetismo donde la edilicia y las obras públicas constituían el máximo exponente de la propaganda política.
Otra de las consecuencias directas de las explotaciones mineras sería la potenciación de otros sectores dependientes y al servicio del ámbito minero. La actividad minera precisaba una logística compleja y variada para su funcionamiento, donde las necesidades son múltiples y a gran escala.
Las minas demandaban madera para entibar, cordaje, sacos y vestimenta, carros para el transporte, animales de carga, construcciones y útiles de todo tipo, fraguas y forjas para herramientas, y cubrir las necesidades básicas de los que trabajaban en ellas entre otras muchas cosas.
Por tanto, las minas ejercieron un efecto multiplicador en la economía, sobre todo en el desarrollo mediante la inversión de sus beneficios en una potente riqueza agrícola, incentivada por la concepción romana de que la posesión de tierras y su puesta en cultivo eran símbolo de poder, prestigio y riqueza, y abonada por los ingentes capitales que la producción minera generaba.
El número de minados, pozos y galerías subterráneas de los complejos mineros de lapis specularis es impresionante, si bien la mayoría de las minas están colmatadas y cegadas. Actualmente contamos con un gran número de accesos abiertos que, en mayor o menor grado, presentan desarrollos importantes; varias llegan a los 500 metros, dos superan el kilómetro de galerías, y una de ellas en concreto (HPC-5), supera los 5 kilómetros de galerías sin haber finalizado todavía su exploración. En todas ellas nos encontramos todo un entramado laberíntico de galerías mineras de época romana y los restos de una actividad humana detenida en el tiempo en un medio subterráneo.
El área de explotación del conjunto minero de lapis specularis se sitúa en la actual provincia de Cuenca, en tierras de la antigua Celtiberia prerromana. La zona, que se incorporó a  Roma tras las campañas de Tiberio Sempronio Graco en el 179 a. C., se vió envuelta, desde entonces y hasta la paz de Augusto, en varios episodios de las guerras celtibéricas y lusitanas y, posteriormente, en las guerras civiles romanas.
Casi con seguridad, será en época de Augusto cuando las minas de lapis specularis se pusieron en explotación, ya que al parecer, sólo a partir de entonces no se darían las condiciones adecuadas que hicieran posible la puesta en labor del Minal y las posibilidades de exportación de sus recursos. Este hecho, se está confirmando arqueológicamente en las excavaciones y prospecciones llevadas a cabo, donde el material arqueológico de los poblados mineros hasta ahora arranca en época augustea, no habiendo testimonio anterior, por el momento, de otro tipo que no fuera la extracción de yeso de fragua para uso local por las comunidades preromanas de la zona.

Instrumental minero de los Olcades

El instrumental minero
A la hora de enfrentarse a la explotación del lapis specularis, el minero romano tenía un instrumental adecuado donde predominaban las herramientas metálicas. Para la puesta a punto de la herramienta contaban con fraguas y hornos a boca de mina como los documentados en excavación en el complejo minero de Osa de la Vega (Cuenca), y que permitían la fabricación de los útiles necesarios y su reparación in situ.
Las herramientas eran afiladas con piedras de arenisca que, como indicaba Plinio se afilaban con agua y aceite; el aceite proporcionaba un filo suave y el agua lo hacía más acerado. Estas areniscas, con las marcas de uso dejadas por las herramientas, son frecuentes en estas áreas mineras; se usaban tanto para afilar y aguzar cinceles  y picos, como para instrumental de corte como los serruchos.
Entre las herramientas empleadas por los mineros romanos hay serruchos, punzones, cinceles, punteros, piquetas, mazos, etc. Las huellas de impresión de las herramientas son claras en las paredes de las minas en todo momento y en ocasiones el instrumento se ha partido, quedándose incrustado en la pared y permitiendo su estudio. Así, las herramientas más utilizadas en las instalaciones de interior eran el puntero y la piqueta.
Los punteros son de cuatro aristas y tienen entre 1,5 y 2 cm de diámetro, y unos 15 cm de longitud, están bien documentados, tanto por la huella que imprime su uso en la pared como por la gran cantidad de ellos que han dejado su punta clavada en la roca. Se utiliza golpeándolo con la maza, y se usa tanto para perfilar previamente a su extracción las placas de lapis specularis, como para el avance y la progresión por las galerías mediante un sistema de percutir de arriba hacia abajo y a continuación en paralelo y en vertical, dejando una separación entre trazo y trazo de entre 4 y 10 cm., de manera que el espacio de roca comprendido entre ambos trazos salte en lascas por percusión, y de este modo desbaratar la pared sucesivamente, arrancando poco a poco el terreno y permitiendo un avance lento pero efectivo.
La oscilación de grosores entre los trazos de picada, responde a la distinta resistencia que presenta la roca, de forma que a mayor ancho de trazo la superficie a picar ofrece menos resistencia, mientras que los trazos más próximos nos indican una mayor dificultad en el laboreo.
También para progresar por la mina se utilizaban piquetas, aunque éstas últimas necesitaban de un espacio algo más amplio para poder picar y "armar el brazo", que no es sino disponer del sitio suficiente como para poder hacer el movimiento de alzar el pico y contar con un recorrido libre para poder impactar con él en la pared. Una curiosa aplicación que hemos podido ver de las piquetas es su uso en zonas arcillosas, donde los mineros utilizaban piquetas rotas y romas para atacar y vaciar los rellenos arcillosos kársticos, de esta forma avanzaban más rápido y el rendimiento en cada picada era superior, ya que con las piquetas normales, la punta afilada se incrustaría en la arcilla, sin ser efectiva la extracción.
Con estas herramientas metálicas, los mineros romanos esculpieron en el interior de la mina peldaños labrados para facilitar accesos y otras oquedades donde ensamblar poleas y tornos de uso subterráneo. Como medida de seguridad y de apoyo en el desplazamiento de los mineros por la mina, se esculpían en roca, en los pasos y descensos difíciles, una serie de agarraderos y anclajes en forma de anilla en los que se fijaban cordajes. Es de suponer que estos cordajes, junto con las sogas, esportones y cestos necesarios, así como parte de la indumentaria precisa para la explotación minera fueran de obra de espartería, máxime al situarse el conjunto minero de lapis specularis en plena estepa central del Campo Espartario. Los espartizales son habituales en las minas de espejillo, ya que esta gramínea se desarrolla perfectamente en los suelos yesíferos, de manera que todavía hoy es patente la clara relación existente entre minas de lapis specularis y presencia de plantas de esparto, de la que los mineros romanos supieron sacar provecho.
El motor económico de las minas queda determinado por el trazado viario de la zona. La red  de vías se adaptó de forma clara a la explotación de las minas, de manera que en la distribución de los complejos mineros de lapis specularis, éstos están situados en relación con las calzadas, como consecuencia de una planificación e implantación previa en la infraestructura viaria con objeto de poder explotar los recursos mineros.
Esta correspondencia entre calzadas y minas de espejillo, ya fue comentada en su día por Santiago Palomero, en su obra sobre las vías romanas de Cuenca, en la que, entre sus conclusiones finales, destaca lo evidente de la relación entre vías y la explotación de lapis specularis.
La mercancía y las comunicaciones, por tanto, se orientan preferentemente hacia la costa, buscando el mar como medio de transporte y difusión. El mineral se embarcaba en Cartagena o en los puertos y ensenadas próximos, de forma que Carthago-Nova hacia función de puerto para la comercialización por vía marítima del lapis specularis hacia otros lugares del imperio. Esto es lógico, teniendo en cuenta las documentadas relaciones comerciales que unen a las dos zonas mineras, al ser la vía hacia Cartagena la forma más rápida y directa de canalizar la producción de espejillo para desde allí exportarla. Por otro lado, Cartagena, como región minera y capital administrativa del conventus Carthaginensis, cuenta también con la experiencia, recursos y capacidad suficientes para asumir las funciones de centro distribuidor, aprovechando sus propias estructuras de comercio, almacenaje y embarque.

Organización Social de los Olcades

Su población, vivía dispersa en numerosos, aunque reducidos, poblados, vici et castella, pequeñas aldeas y torres para su defensa. El carácter reducido, numeroso y estacional de estos poblados fue la causa de su frecuente desaparición a lo largo de la historia. Son poblados en llano, sitos en el sector endorreico, caracterizado por las inundaciones ocasionales y la composición salina del suelo. La superficie media de los asentamientos ronda los 581 metros cuadrados y son de carácter funcional, propio de la temporalidad de su ocupación que quizá fuera estacional. Se localizan en las zonas más fértiles y asequibles del territorio, aprovechando cursos de agua estables y manantiales, dominando un valle o paisaje abierto.
Puesto que se dedicaban a la minería con la que extraían lapis specularis, su organización sería como las de ciudades estado dentro de la Celtiberia por el poder adquisitivo que tenían sus gentes.
Como buenos manchegos, los olcades se dedicaron  a la producción del vino.
En Segobriga  y  Valeria se sabe  que sus gentes acuñaron moneda y  además de ello era  aquel sitio donde  se hacía toda la actividad  comercial relacionada   con el mineral procedente de los yacimientos mas cercanos, es decir, de las minas cercanas del el lapis specularis.
A lo largo del siglo III a.C. desaparecen como etnia, siendo su territorio absorbido por los carpetanos.
De carácter indómito, sus guerreros llegaron a vencer a Viriato y se aliaban a los Carpetanos, que eran hermanos de raza,  para mantener varias contiendas  contra los cartagineses de Anibal.
La Segunda Edad del Hierro en la submeseta Sur vendrá marcada por la progresiva implantación de la iberización. Este período desde un punto de vista cronológico abarcará en general la segunda mitad del primer milenio. El proceso de iberización de las tierras centrales de la Meseta Sur se da a partir del siglo IV a.C.apareciendo en esta zona cerámicas ibéricas con decoración pintada monócroma y bícroma de tonos rojos y castaños.
Las excavaciones de las últimas décadas, al situarlos en zona plenamente ibera, sitúan al pueblo, supuestamente olcade, en el entorno del oppidum ibero de Ikalesken (Iniesta) que dominaría el territorio actual de la Manchuela  conquense y albaceteña y limitaría al norte con las zonas celtíberas de Valeria, Segóbriga, etc.
Las ciudades de los olcades son más bien opidums o enclaves fortificados que aprovechan el relieve del terreno, sobre todo en elevaciones naturales.
La sociedad olcade se basaba en unidades familiares y a un nivel superior en clanes, grupos más o menos numerosos compuestos de familias unidas por lazos de consanguinidad y de parentesco que les confería una vinculación afectiva variable.
Por debajo de la aristocracia y de los guerreros estaban las clases populares  como los campesinos, pastores, artesanos, alfareros, herreros y comerciantes.
En ocasiones podríamos encontrar a un régulo (reyezuelo) al mando de un conjunto de ciudades. Pero lo más frecuente era que cada ciudad tuviese su propio principe u hombre importante, rodeado de una clientela (hombres vinculados a él por un lazo de fidelidad; a esta relación se la denominaba "devotio", y suponía que los que formaban el séquito de un caudillo debían morir con él). Cada ciudad tenía, asimismo, su senado, compuesto por los más viejos y experimentados miembros de cada población. Por último, la asamblea del pueblo, formada por los guerreros, a menudo tenla un peso decisivo en la declaración de la guerra y en la elección de un caudillo».
Por  la situación que tenían los olcades, hay referencias a 320 dioses diferentes, aunque no todos de la misma importancia. Los tres principales serían: Tarannis, dios celeste de la tempestad y el trueno (gran dios de todos los pueblos indoeuropeos); Lug, dios del comercio y los artesanos, asociado con el sol; y Teutates, dios astral de la guerra. Otras divinidades eran: Endovelico, dios del Infierno y la noche, de la adivinación y de la salud, al que se representaba en forma de jabalí; Epona, protectora de los caballos; espíritus de las aguas y de las fuentes, de los árboles (especialmente el roble y la encina) y los bosques, genios protectores de los caminos y las encrucijadas; las Matres, representadas por tres mujeres, sentadas, rodeadas de frutos y niños, protectoras de la naturaleza y de la vida humana; y las Tutelas, divinidades femeninas protectoras de la familia.

No mucho antes del siglo VIII a.C. se comenzaron a introducir una serie de influjos meridionales, tal vez en relación con la creciente irradiación del foco cultural tartesico. Harán su aparición nuevos tipos de poblados, así como nuevos ritos funerarios de incineración, la introducción de la siderurgia o las cerámicas relacionarles con el área cultural surgida en torno al Bronce Final en las tierras altas limítrofes al Sistema Ibérico. 
Por lo que se conoce por la arqueología y las fuentes literarias, las tribus o Gens (nombre dado por los romanos), se dividían a su vez en familias o Gentilitas ( nombre dado por los romanos ), gobernadas por una especie de monarca, que provenían de una élite militar ( puede tratarse de diferentes grupos étnicos ). Las tribus o Gens, eran comunidades separadas de individuos que compartían unas costumbres sociales, económicas, y en muchos casos, religiosas, que hacen posible que se pueda hablar de una cultura similar. Se trataba de aldeas situadas en cerros y normalmente con elementos defensivos como empalizadas de madera, etc. Se trataba de un grupo de cabañas habitualmente con zócalo de piedra, que normalmente tenían una ordenación irregular. Allí habitaban una o varias Gentilitas, que eran una especie de grupos familiares que se han intentado emparentar con las Gens romanas o las Gene griegas, pues tienen elementos similares, como un culto a una divinidad propia de la familia, etc. Pero estas Gentilitas no son todavía muy conocidas ni comprendidas, pues hay casos en los cuales el miembro fundador de la Gentilitas no es el mismo para algunos miembros de la familia, o que a veces cuando una hija se casa toma el nombre de la Gentilitas de su marido, etc. por lo que todavía no esta muy claro el funcionamiento de dichas Gentilitas.
Entre las tribus y ciudades celtíberas existieron, según los autores antiguos, formas específicas de relacionarse entre ellas que serían:

 Hospitium

El hospitium (hospicio) o pacto de hospitalidad permitía adquirir los derechos de un grupo gentilicio a otros grupos o individuos. No se trataba de un acto de adopción; las partes actuantes contraían derechos mutuos sin que la personalidad propia se perdiera. Los contrayentes del hospitium se convertían en huéspedes (hospites) mutuos y el pacto de hospitalidad se solía acordar en un documento denominado tésera de hospitalidad. Estas téseras son láminas de metal recortado, en muchas de ellas figurando dos manos entrelazadas o la silueta de animales, que quizá tenían un significado religioso. Se supone que el hospitium, inicialmente, se acordaba en plano de igualdad, pero al surgir diferencias económicas, se iría pasando a un estado de dependencia. De entre los pactos de hospitalidad descubiertos, el más famoso es el Bronce de Luzaga, que registra un hospitium entre las ciudades de Arecoratas y Lutia, al que probablemente se sumaban las gentilitates Belaiocum y Caricon

Clientela

Las clientelas consisten en comitivas constituidas en torno a los individuos más importantes de una comunidad tribal. La relación entre estos individuos, generalmente aristócratas y sus seguidores, era una relación contractual basada en la desigualdad de riqueza y posición social de ambas partes; el jefe normalmente debía alimentación y vestido a sus seguidores, mientras que éstos le debían apoyo incondicional. Estas clientelas frecuentemente tenían un carácter militar.

Devotio

La devotio era una clase especial de clientela. Al elemento contractual de la clientela se añadía un vínculo religioso, por el cual los clientes de un jefe tenían obligación de seguirles a la batalla y de no sobrevivirle en caso de que éste muriera en combate. Tales clientes recibían el nombre de devotio y sus paralelos en la sociedad celta y germánica, soldurios y comitatus.

Por vivir en un terreno donde son muy numerosas y abundantes las minas de lapis specularis, se desconoce por completo si eran ellos mismos quienes las llevaban o eran  forasteros o quizá esclavos o tal vez fueran prisioneros de algún botín de guerra entre todas las contiendas que libraban.

Hay algunas fuentes que dicen que en las minas había gentes de todas clases, de ahí que  hubiese tantas  etnias que se iban mezclando unas con otras o quizá con los mismos elementos o miembros de la tribu  creándose así el proceso de mestizaje.

Pero al igual que  en terrenos o en tierras del los íberos vivían varias clases de gente cercanas en oppidums diferentes, así como  en la desembocadura del Segura  había poblados de íberos, de fenicios y de griegos que  levaban unas buenas relaciones sociales y económicas, es posible que, según  la diversidad de poblaciones en esta zona, el manejo de la minas y la conglomeración de poblados, que en cada uno de los oppidums encontrados viesen gentes de diferentes etnias, es decir , en cada poblado podrían vivir  gentes de diferentes estirpes o razas y de distintas  clases.

No sería justo el pensar que las minas eran llevadas solamente por esclavos, por eso suponemos que también habría gente de otros sitios que se hiciese cargo de dichas minas. Así en un rádio de 15 km a la redonda podríamos encontrar varios oppidums los cuales cada uno pertenecería a una tribu diferente ,pudiéndonos encontrar en esta zona poblados típicamente íberos, sean edetanos o contestanos, según hallazgos de  la cerámica, o bien los pueblos de carpetanos que estaban cerca de ellos cuya tradición era claramente de la cultura de Hallstad.